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El 15 de octubre de 2010, a las 9.48 de la mañana, recibí un correo electrónico cuyo remitente decía llamarse Antonio Lemaitre. Su nombre probablemente era una máscara que ocultaba su identidad, agazapado detrás del anonimato de internet. En el mensaje decía que veía a mi hija salir del colegio todas las tardes, que por aquellos días era una adolescente escolar: “Se me vienen unos deseos morbosos, vulgares y lujuriosos, no por la niña, sino por usted que con sus escritos escandalosos busca hacerse famosa, sin importar cuantas mentes inocentes está retorciendo”. Luego agregaba: “Me alegraría si usted sufriera, lo que nunca ha sentido antes por una persona, así sea por intermedio de que algo le pase a su hija, para que usted pague todo el sufrimiento que a muchos abuelos y padres nos está haciendo pasar”.

Ese mismo día puse la denuncia ante la Fiscalía y di aviso a la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip). Me vi obligada a adoptar medidas de protección, especialmente sobre Valentina, quien no pudo volver a clases ese año. Las autoridades estuvieron de acuerdo que aquella amenaza había sido una reacción por mis recientes columnas. Una conclusión erudita que, como suele ocurrir, no condujo la investigación a ningún resultado.

En una de mis espacios habituales había escrito sobre un programa de la Administración Distrital de entonces, cuyo nombre era “Oye men, no le pegue a la negra”. Mi texto decía que un hombre que golpeaba a una mujer, lejos de ser un macho, era un cobarde -así esas dos palabras me resultaran sinónimo-. En la otra columna escribí sobre las triejas, que son relaciones afectivo eróticas conformadas por tres personas. Algo no le agradó al autor de la amenaza. Seguramente sintió un pequeño temblor en las tripas de su patriarcado heteronormativo, a ese que se aferra por miedo a saber que el mundo también pueda ser otra cosa.

Han pasado 9 años desde entonces. A las mujeres nos siguen pegando y matando. Y siguen discriminando las múltiples formas no heteronormadas de construcción del amor. Pero también muchas seguimos escribiendo y hablando, y sabemos que callarnos no es una opción. El silencio y el miedo son la gasolina que alimenta la violencia machista.

En la primera mitad de este año, en Colombia, se cuentan unos 160 feminicidios. Muchas fueron asesinadas dentro de sus propias casas, a manos de sus parejas. Tantas pidieron ayuda, denunciaron los hechos y nadie las escuchó. No solo tenemos que enfrentarnos a nuestros agresores, sino que tenemos que lidiar con un sistema indolente y patriarcal, que naturaliza la violencia contra las mujeres.

Sin embargo, este mundo imperfecto será transformado solo con nuestros gritos, que gritemos duro, con el firme propósito de transformarlo todo. Seguiremos, sin parar, hasta que esta masacre contra nuestros cuerpos acabe.

@ayolaclaudia

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