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Columna

Manuel Zapata Olivella

“El 17 de marzo de 1920, un siglo atrás, nació Manuel Zapata Olivella en Lorica (...)”.

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El 17 de marzo de 1920, un siglo atrás, nació Manuel Zapata Olivella en Lorica. Médico, antropólogo, escritor, periodista, investigador, se hizo universal y ahora el Ministerio de Cultura declara el 2020 como año del inolvidable autor de ‘Changó: el Gran Putas’, a quien se recordará y rendirá homenaje a lo largo de 12 meses. Ya se comenzó. En San Jacinto el escritor y periodista barranquillero Julio Olaciregui presentó, en La Fiesta del Pensamiento, su ponencia ‘Manuel Zapata Olivella: de Senegal a Lorica’, una investigación de varios años sobre el trasegar del renombrado costeño en búsqueda de sus ancestros para explicarse su existencia.

Sobre el escenario, Olaciregui danzó bajo el influjo incomparable de Ismael Rivera interpretando Negro Carimbo, transportando a los presentes al tormentoso mundo de los esclavizados africanos traídos a América para ser vendidos como mercancía y obligados a los trabajos más rudos, hasta el cansancio, el tormento y aún la muerte. Carimbo era la marca infame que ponía el amo en la piel de los esclavizados para garantizar su pertenencia.

Después, académico, se introdujo en el fabuloso mundo de Zapata Olivella señalando sus sesudas investigaciones académicas, culturales, antropológicas y literarias sobre los negros en Colombia, América y la propia África. Destacó su importancia como caminante indagador, investigador, médico, antropólogo escritor e impulsor de procesos culturales, artísticos y sociales, y recordó cuando el autor de ‘Chambacú: corral de negros’, pasó la noche en una mazmorra de la Isla de Gorée, frente a Dakar –capital de Senegal–, en la misma gruta de la fortaleza donde los esclavizados jolofos y mandingas eran encerrados para después ser embarcados en un viaje sin retorno “para venir a fundar a palos nuestra América mestiza”.

“Esa noche, sobre la roca, humedecido por la lluvia del mar, entre cangrejos, ratas, cucarachas y mosquitos, a la pálida luz de una alta y enredada claraboya, luna de difuntos, ante mí desfilaron jóvenes, adultos, mujeres, niños, todos encadenados, silenciosos, para hundirse en las bodegas, el crujir de los dientes masticando los grillos. Las horas avanzaban sin estrellas que pusieran término a la oscuridad. Alguien, sonriente, los ojos relampagueantes, se desprendió de las filas y, acercándose, posó su mano encadenada sobre mi cabeza. Algo así como una lágrima rodó por su mejilla. Tuve la inconmensurable e indefinible sensación de que mi más antiguo abuelo o abuela me había reconocido”, escribiría Manuel Zapata Olivella en ‘La rebelión de los genes’, publicada en 1997.

En aquel memorable y esclarecedor momento, sus ancestros lo poblaron más que nunca y para siempre, comprometiendo su existencia en la lucha insomne por los suyos.

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