Hasta hace poco dejé de creer que El Pozón era uno de esos barrios nuevos que surgen en Cartagena, así como cuando un mago saca una paloma o un conejo de un sombrero. Confieso que me sorprendí cuando supe que ya había cumplido más de medio siglo; es decir, es más antiguo que El Socorro, el barrio donde me crié, y que apenas el año pasado cumplió 50 de haber sido fundado por el Instituto de Crédito Territorial (ICT).
La semana pasada comprendí la causa de mi desconocimiento: un anciano residente en el sector 20 de Enero me contó que El Pozón empezó a poblarse de casuchas a finales de los años sesenta del siglo pasado, pero todavía carecía de un nombre definitivo, de manera que empezaron a relacionarlo con una poza que había a la entrada, la cual era alimentada por uno de los arroyos que bajan de las colinas del municipio de Turbaco.
Por carecer de servicios públicos, las mujeres del asentamiento tenían la poza y el arroyo como su proveedor de agua para los oficios domésticos, pero especialmente para lavar la ropa, actividad que ejercían internándose en la mitad del estanque, de tal manera que el agua les llegaba hasta las caderas.
De ahí surgió el primer nombre: las lenguas malquerientes de la zona suroriental se dieron a la tarea de comentar que las mujeres de ese asentamiento, de tanto lavar en la poza, andaban con la “Chucha fría”. De ahí en adelante fue ese el rótulo que todos pronunciaban para referirse al barrio.
Así las cosas, no sería difícil inferir que las jornadas de lavado eran también un intercambio de chismes, consejos y maledicencias entre las lavanderas, de lo cual surgió una reyerta entre dos mujeres, una de las cuales se quejaba de que la contendora estaba intentando conquistar a su marido: “No joda --gritó la ofendida--, tú como que crees que tienes la chucha más dulce que las demás mujeres, porque te has acostado con los maridos de medio barrio y ahora me quieres quitar el mío”.
La anécdota se regó como un incendio por la zona suroriental, hasta el punto de que el nombre anterior fue reemplazado por el que surgió de la trifulca: “Chucha dulce”.
Obviamente, en cuanto la ciudad fue creciendo, a punta de invasiones o sin ellas, los primeros líderes comunales se vieron en la necesidad de borrar esas denominaciones procaces por otras más digeribles. La primera fue “El Pozón”, en alusión a la poza que tantas leyendas generó durante la génesis del barrio.
Hasta hace poco un grupo de líderes comunales propuso cambiar este nombre, ya que les parecía despectivo y relacionado con las inundaciones anuales que sufría la zona. Sus propuestas: Ranchería, Mesopotamia, Villa Esperanza, Nueva Esperanza y Villa Aurora. Ninguna prosperó. La fuerza de la costumbre volvió a imponerse.
