Columna

En defensa de la obra

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ORLANDO JOSÉ OLIVEROS ACOSTA
07 OCT 2020 - 11:59 PM

El 9 de septiembre escribí una columna para este periódico titulada “Obrar en el monte”, en la que hablaba sobre el privilegio de quienes han vaciado el vientre en la tierra de los traspatios. El texto era una apología al mundo primitivo de la infancia rural donde no se necesitan inodoros y con él buscaba relatar el vínculo –muchas veces proscrito– de la intimidad humana con la naturaleza. Cuando lo publiqué, un profesor al que respeto mucho me comentó que se sentía identificado con las descripciones escatológicas que yo había hecho, pero que mi escrito le había resultado duro a la vista, al oído y a la ‘prudencia’. Otras personas, entre conocidas y extrañas, esgrimieron argumentos similares. Yo sentí que estaban siendo injustos. Pero no conmigo, sino con la belleza de nuestros asuntos fisiológicos. Por eso decidí dedicar este espacio a una breve defensa de la mierda.

Lo que más me fascina de la palabra escatología son sus dos acepciones aparentemente contradictorias. La primera, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, consiste en el “uso de expresiones, imágenes y temas soeces relacionados con los excrementos”. Esta es la definición más popular. La segunda, ignorada por nuestro puritanismo lingüístico, habla de un “conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba”. De modo que la palabra escatología posee una dimensión terrenal y otra metafísica. Habla del más acá cuando vamos al baño y del más allá cuando morimos; la miseria material de la humanidad vagabunda y las esperanzas religiosas de un jardín con frutos prohibidos. Si escribí sobre defecar en los patios de mi infancia, fue para plantear una conversación que partiera desde el cuerpo y llegara hasta el alma.

A los enemigos de las excreciones corporales se les olvida que, desde el Génesis, estamos condenados a ganarnos el pan con el ‘sudor’ de nuestra frente. Muchos no caen en la cuenta de que la civilización occidental, avergonzada de sus desechos y orgullosa de sus sanitarios, se nutrió de una cultura griega donde los dioses olímpicos surgieron del vómito de Cronos y donde el único que no fue vomitado, Zeus, engendró a Perseo con una ‘lluvia dorada’ que arrojó sobre el cuerpo desnudo Dánae. Los alquimistas creían que el oro se encontraba en la transformación de la mugre, algo que Charles Perrault –el mismo autor de “Pulgarcito” y “Caperucita Roja”– sugirió en su cuento “Piel de asno”, donde un burro mágico cagaba monedas de 24 quilates. El misterio de la mierda acaso sea el mismo que el de la belleza. Pienso en los aztecas. Ellos tenían una diosa, Tlazolteotl, que engullía la inmundicia del mundo y la purificaba. En sus códices la representaban desnuda y en cuclillas, expulsando por el recto una flor.

*Escritor.

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