¿Cuántos de ustedes, estimados lectores, debaten sobre lo que no saben? Pónganse la mano en el corazón, como Uribe en el caricaturesco logo del Centro Democrático, y traten de recordar cuándo fue la última vez que ofrecieron a su interlocutor una disertación contundente. La última vez que, sin arrebatos ni falacias, defendieron una postura enriquecida por cifras y conceptos y fueron escuchados con atención minuciosa. Si a sus memorias les viene un momento reciente, tienen ustedes mucha suerte. Pues la mayoría de los habitantes de esta república circense está acostumbrada a debatir sus asuntos con el garrote que pegue más duro y la mediocridad verbal.
Esa es Colombia: una nación donde la política está en crisis porque ya casi nadie argumenta bien ni está interesado en descubrir las falencias argumentativas en los discursos superfluos de los demás. Nuestros ‘intercambios’ de ideas son extremadamente rudimentarios. En ellos abundan la gritería, la cháchara sin fundamentos, las falacias ad hominem (que atacan a la persona y no al argumento) y la mentira en su versión más deprimente (inverosímil y chapucera). Pero, sobre todo, nuestros diálogos están repletos de ignorancia. Nos encanta debatir sobre lo que no sabemos, sobre lo que poco o nada hemos investigado. Y lo peor es que en ese estado de imbecilidad elegimos a nuestros gobernantes.
El debate político se ha transformado en un cambalache de oquedades. Hay, por ejemplo, quienes no pueden explicarte qué es el comunismo y en qué consiste y te gritan despectivamente “comunista”. También quienes no pueden explicarte qué es el capitalismo y en qué consiste y te gritan que se consideran “capitalistas”. O quienes desprecian el capital sin definirlo y se identifican como comunistas sin conocerse. Todas esas mismas personas te hablan del fracaso o la victoria del comunismo ante el fracaso o la victoria del capitalismo. Hasta te regañan. Y así, lo que pudiera haber sido una conversación trascendental se convierte en un cascarón vacío. El cascarón de un huevo donde nació feliz el pájaro bizco de la estupidez humana.
¡Ah, nuestro país de bobos! Me produciría ternura si no fuera porque está muriendo gente debido a las malas decisiones que toman los bobos todos los días. Unos en las urnas y otros en las oficinas del poder público. Me reiría, como hacemos con los payasos, si las manos de los bufones no estuvieran llenas de gritos y de tripas. Que quede claro que yo también soy un gran ignorante. Desconozco infinitos temas. Sin embargo, intento no dar ese paso que convierte al ignorante en imbécil y que consiste en pervertir la búsqueda del conocimiento y la gobernabilidad con una sarta de premisas huecas, a veces promovidas por una estupidez deliberada.
*Escritor.
Te puede interesar: