En un libro del escritor japonés Haruki Murakami encontré la siguiente frase de Somerset Maugham: “Todo afeitado encierra también su filosofía”. De acuerdo con Murakami, esto quiere decir que en la mayoría de nuestros actos cotidianos, por muy triviales que sean, tarde o temprano se desarrolla algo parecido a una contemplación filosófica. El autor nipón comprobó esta teoría en su hábito matutino de correr largas distancias seis veces a la semana. En esas constantes carreras contra sí mismo, donde debía controlar el ritmo de sus pasos y preparar los músculos ante el dolor del agotamiento, descubrió el truco para escribir novelas extensas. Su mente equiparó la escritura de una historia con muchas páginas a la corrida de un maratón. A partir de entonces cuando se sentaba a escribir aprendía a correr y, cuando corría, aprendía a escribir.
Pues bien, en los últimos meses me he vuelto un partidario de Maugham y Murakami. Sin embargo, como desgraciadamente lo mío no es la barba ni el ejercicio, aprovecho esta filosofía de la rutina en los oficios domésticos. Trato de encontrar un significado especial a tender la cama, bañar al perro y bajar la basura, convirtiendo aquellos actos sencillos en metáforas pedagógicas sobre otros acontecimientos más complejos de la vida. No siempre funciona, claro. A veces barrer el piso es solo barrer el piso y limpiar la estufa es eso y nada más. En realidad, la única verdadera revelación la he obtenido lavando platos. Cuando sufrí un bloqueo creativo en medio de una novela que ya estoy terminando, enjabonar lozas sucias me sacó del atasco. Dado que mi gran problema de ese momento era la ausencia de imaginación, me propuse que cada vez que lavara los platos los acomodaría en el escurridor de una forma distinta. Así, permutando todos los días el sitio de los sartenes, vasos y cubiertos, me instruí en un nuevo método de experimentación narrativa que tanta falta le hacía a mi historia.
Eso pasa cuando buscamos sabiduría en la rutina. Ahora, resulta más interesante cuando las actividades rutinarias se enriquecen por la influencia del artista. García Márquez contaba que los sancochos que cocinaba el pintor Alejandro Obregón eran obras de arte hechas con comida. “Es un gusto ver cómo prepara todo, cómo lo corta y lo distribuye según sus formas y colores, y cómo lo pone a hervir a grandes aguas con el mismo ángel con que pinta”, escribió el novelista colombiano en una nota de prensa de 1982. Siguiendo esta lógica, me pregunto cuántos poetas secretos no estarán en este instante en sus oficinas, haciendo, sin saberlo, versos magníficos al ordenar sus escritorios o sacudir el polvo de sus estanterías.
*Escritor.
