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Estoy seguro de que todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos intentando hacer magia. Por lo general, ese intento –fallido o exitoso– ocurre durante la infancia, cuando aún no hemos sido contaminados por los prejuicios laborales y el trabajo del mago nos parece envidiable y asombroso. Recuerdo el embrujo que sobre mí tenían los ilusionistas que presentaban su acto en el colegio o en las fiestas de cumpleaños, adivinando cartas arrancadas del mazo al azar y desapareciendo chorros de agua en rollos de periódicos viejos. Pasaba horas tirado en mi cama, buscando la manera de obtener ese poder para transformar la materia con varitas de palo y palabras misteriosas. Por aquella época mi hermano, que hoy es un hombre de ciencia, me deslumbraba con un número que nunca aprendí del todo: se metía una moneda en el antebrazo, en el lugar donde las enfermeras suelen extraer las muestras de sangre, y luego la escupía por la boca.

Con los años, esta inocencia en torno a lo mágico, tan necesaria para no considerar ridícula una expresión como “abracadabra”, es sustituida por un sentido de la realidad que habría sido mejor no haber tenido. Y entonces descubrimos el gran problema de la magia: que solo existe para el espectador. Quien está ejecutándola, subido a un escenario de múltiples luces, sabe que todo es un truco; que detrás del elefante evaporado se esconde un juego de espejos, que bajo el faquir flotante hay una varilla oculta sosteniéndolo y que la mujer cortada en dos jamás conocerá el filo dentado del serrucho. Mientras el público goza del milagro, los prestidigitadores están conscientes de su artificio. Ninguno de ellos cree que su acto esté regido por leyes sobrenaturales. Y para encontrar alguno que se haya tragado su propio cuento hay que indagar en otros oficios más enigmáticos: chamanes del amor, terroristas del mal de ojo, curanderos astrales y lectores del tarot que habrían regocijado a Alejo Carpentier y su idea de que lo real-maravilloso presupone una fe.

Los magos profesionales soportan con dignidad el hecho de que su magia sea un montaje. Otros no pueden hacerlo. Woody Allen, por ejemplo. “Traté de ser mago, hasta que descubrí que solo podía manipular naipes y monedas, pero no el universo”, confesó en su autobiografía. Tampoco yo puedo. No se imaginan la rabia que cojo cuando alguien cede a mi curiosidad y me revela los secretos de un truco. Experimento un sentimiento de pérdida y desencanto porque la consciencia del artificio me arrebata esa felicidad, casi religiosa, que produce la mano que es capaz de sacar una blanca paloma en el abismo del sombrero. No siempre es recomendable pagar el precio de la verdad.

*Escritor.

“Por aquella época mi hermano, que hoy es un hombre de ciencia, me deslumbraba con un número que nunca aprendí del todo: se metía una (...)”.

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