Recientemente se ha generado un importante debate sobre la pertinencia, necesidad y viabilidad de que los niños y niñas regresen de forma presencial a las aulas de clase, luego de un año de haber sido suspendidas –o transformadas al entorno virtual- a causa de la pandemia de la Covid-19.
Hay que partir, claro, de un hecho fundamental: la pandemia aún continúa; y pese a los esfuerzos para mitigar su propagación y el inicio de la vacunación, las mismas autoridades mundiales de la salud han vaticinado que el virus no desaparecerá de forma definitiva antes del 2023.
Mientras tanto, en Colombia, nos esforzamos por regresar a la normalidad paulatinamente a través de la reactivación del sector empresarial, del comercio, del turismo, y muchos otros sectores claves para el desarrollo de cualquier sociedad. Pero las dudas surgen cuando se habla de educación.
Aunque la educación virtual “funcionó” como una medida transitoria a una coyuntura extremadamente difícil: enfrentarnos a la que es, hasta el momento, la peor pandemia según la OMS; es evidente que la virtualidad no logra suplir las necesidades de socialización, aprendizaje y, en últimas, el desarrollo de los niños y niñas. La discusión parece dejar por fuera lo más importante: la necesidad de socializar, jugar y aprender con otros niños y niñas.
Hace algunos años, dos marcas estadounidenses lanzaron una campaña en la que presentaban un estudio que, aseguraba, que personas privadas de la libertad por una condena pasan más tiempo al aire libre que los niños y niñas: por cada 2 horas de tiempo al aire libre que tienen los reclusos, los niños y niñas tenían apenas 1 hora en sus hogares (ver nota).
Esta situación era crítica antes de la pandemia, lo que nos lleva a pensar en la calidad del tiempo libre y recreativo de los niños y niñas en estos tiempos. ¿Está la niñez atrapada en sus hogares y condenada a esperar a que se reactiven todos los sectores económicos sin consideración de sus necesidades?
Diversos estudios a nivel mundial han asegurado que el regreso a clases de los niños y niñas no implica mayor riesgo de contagio del que ya se tiene. Por el contrario, sí se ha hecho evidente los riesgos psicosociales que tiene para ellos el continuar educándose de forma virtual. Los índices de depresión en adolescentes y jóvenes han incrementado desde que inició la pandemia, según lo han demostrado estudios realizados en diversos países como China, Italia, España, o Bangladesh. Adicionalmente, la falta de conectividad y la escasez de herramientas como celulares, computadores o tabletas, han resultado en la ausencia de estudio para miles de niños y niñas en varias regiones del país, sin mencionar la poca motivación por continuar estudiando virtualmente que tienen aquellos niños y niñas que sí acceden a internet.
Es urgente encontrar soluciones para que la niñez y la juventud puedan retomar su ritmo de vida, regresando a sus actividades académicas, de juego, deporte, cultura y socialización.
La decisión depende de qué tanto hemos aprendido sobre el COVID-19 para retornar a clases previniendo su contagio y retomando actividades en esta nueva normalidad; pero principalmente depende de que adultos y tomadores de decisión caigamos en cuenta que los niños y niñas han llevado una gran carga en esta crisis – si no la peor- pues después de un año de pandemia no se han encontrado formas para que participen nuevamente de la comunidad.
Es innegable que las necesidades de la niñez han sido aplazadas, suspendidas, atendidas con miedo por parte de los adultos, mientras la sociedad prioriza a otros grupos económicos y sociales.
Sea cual sea la dinámica, desde ya, tenemos el deber como padres y como sociedad de acompañar y priorizar a nuestros niños, niñas y jóvenes, y a resolver lo que sea necesario para garantizar sus derechos básicos a la educación, la recreación y el juego como ciudadanos importantes de nuestras comunidades.
Ángela Rosales
Directora nacional de Aldeas Infantiles SOS Colombia
