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Columna

Entre la retórica y la verdad

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No hay que ser muy prolijos para darse cuenta que la débil Ley 1874, que establece la cátedra de historia en todas las instituciones educativas del Estado, y que de alguna manera busca posicionar el conocimiento de un estudiante, para saber que somos, de donde venimos y por qué es necesario fortalecernos y enterarnos de la vida histórica de la ciudad, región o país.

Y es que años atrás en todos los colegios se daba la interesante Historia Patria. Y de un momento a otro desapareció tal materia, dejando al alumnado al pairo, sin poder acuñar conocimientos o para que ellos con escrúpulo y esmero, investigasen por su propia cuenta. La idea de la supresión de la historia recogió una tendencia impulsada por los norteamericanos, quienes recomendaron una asignatura denominada Ciencias Sociales, que incluía geografía, sociología y la propia historia y que acabó por mal enseñar las tres.

Por supuesto y como era de esperar, ello avivó el desconocimiento, quedando todo en una tremolante retórica y señalando el pulgar hacia abajo dejando ver una luz negativa.

Así saltó a la palestra una especie de temporalidad interina, pues nació la Ley, pero se sigue falseando el conocimiento de la historia del país. De tal manera que sin ninguna cohesión olvidaron la identidad colectiva, aplicando la identidad individual, que como era de esperar, se marginó el conocimiento que nos llevó a una calificación negativa.

Entonces, si atendemos las virtudes de esa Ley 1874, hoy afortunadamente respaldada y apoyada por la Asamblea del Departamento de Bolívar, en lo que tiene que ver con la historia debemos iniciar un tránsito para ése conocimiento de la ciudad y el departamento. Y esto se logra sentando unas bases primordiales para construir un nosotros en una ciudad/país, donde el nosotros rescate la historia para reencontrarnos con una calificación positiva, que a decir verdad, al conocer nuestra historia, el estudiante se margina de la delincuencia que trae el desorden y la rebeldía normal de su actividad juvenil.

Para lograr ésto debemos pensar en una especie de triangulación con la identidad, el sentido de pertenencia y la historia. Así podemos reconocernos, contarnos, valorarnos, lo que así podría entonces darle vida a un tránsito positivo.

Hay que valorar la historia de nuestra región, con el conocimiento de lo nuestro, para incorporar nuevas formas de ver, actuar y ser. Cumplir con la verdad. Y la verdad son las leyes educativas establecidas sin tanta retórica.

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