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Columna

La sociedad de la avaricia y la codicia

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El ser humano no es solo un organismo que necesita cosas (alimentarse, refugiarse), sino también un “animal de placer” – dicen los freudianos-, un “ser deseante” que siempre ambiciona poseer cosas, porque en términos psicológicos ello le provee de seguridad. Sucede, sin embargo, que mientras las necesidades son limitadas, los deseos son infinitos (“el hambre puede saciarse con pescado o caviar”); por eso, mientras esas avideces no cobren demasiada fuerza, contribuyen a la supervivencia individual y colectiva, pero dado que no siempre somos empáticos y sociables –a veces somos egocéntricos y crueles–, cuando nuestras ambiciones son inmoderadas (Ej. codiciosos y avaros), podemos ser potencialmente autodestructivos.

Ahora bien, aunque la avaricia y codicia respondan a la misma pulsión (muerte y autodestrucción) y al mismo patrón de desmesura, no son lo mismo. El avaro atesora riqueza por placer y la oculta, como Don Cangrejo (Bob Esponja), Harpagón (“El avaro” de Moliere) o los banqueros (quienes se enriquecieron en pandemia, al tiempo que empobrecieron a millones de personas); el codicioso también desea riqueza, pero no la oculta, la ostenta, como Jordan Belfort (“El lobo de Wall Street), los mafiosos o los políticos corruptos (en ambos el dinero sirve a un propósito: mantener o incrementar el poder). Mientras el avaro malvive: “vive como pobre para no ser pobre”, porque el dinero es un fin en sí mismo, el codicioso vive como un rey, puede ser un consumista compulsivo o malbaratador, porque el dinero es un medio para un fin (fama, reconocimiento, poder); por otra parte, mientras el primero solo persigue bienes materiales (riquezas), el segundo tanto los materiales como inmateriales (honores, cargos, en fin).

Hoy vivimos en una sociedad cuyos estándares culturales son inalcanzables para el individuo promedio y cuyo modelo económico no solo promueve la codicia y la avaricia, sino que, correlativamente, estimula la envidia entre los excluidos del circuito de recompensa (simbólico o material). Nos dicen: “si trabajas duro serás como Bill Gates”, pero la realidad es que por cada millonario hay innumerables personas pobres trabajando sin seguridad social o expectativas de pensión. Y siempre hay “algo” o “alguien” que nos recuerda que nos falta “esto” o “aquello”, haciéndonos sentir insatisfechos. Sumado a lo anterior, proliferan narrativas “estéticamente seductoras” que intentan justificar moral, biológica o culturalmente, una “sociedad de avaros y codiciosos”, de la misma manera que surgen retóricas que hacen lo propio con la “envidia social”. Se trata –como lo sostendré próximamente– de doctrinas extremas y “seudohumanistas” inaceptables que deben ser cuestionadas.

*Profesor Universitario.

“Hoy vivimos en una sociedad cuyos estándares culturales son inalcanzables para el individuo promedio y cuyo modelo...”.

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