En abril de 2020, iniciando la pandemia, tuve la maravillosa oportunidad de entrevistar al maestro Juan Gossaín acerca del mundo que nos esperaría después del COVID-19.
En una conversación amena y esperanzadora, en aquel momento en el que nadie llegaba a imaginar cuánta tristeza, desolación y destrucción económica y social traería la pandemia, aseguró: “lo más importante es que el coronavirus nos debe enseñar a ser más unidos, más solidarios, cuidadosos, a no darle tanta importancia al dinero y lo material. Le pido a Dios que esta revolución causada por el virus sea una revolución espiritual, de cambio de sentimientos y nos enseñe a ser más fraternales y solidarios”.
Nada me hubiese hecho más feliz. Pero hoy, dos años después, tristemente debo admitir que no. Que una pandemia que paralizó al mundo entero no bastó para que aprendiéramos la lección. Que volvimos a ser los mismos de antes. Que el “juntos saldremos adelante” fue solo un saludo a la bandera. Que la solidaridad pasó a último plano. Que la bajeza y ruindad a las que puede llegar un ser humano se han hecho aún más visibles y lo demuestran los recientes hechos presentados en las noticias. ¿Una guerra durante una pandemia que nos ha quitado tanto? Por Dios...
Volvimos a la “normalidad”, a la frialdad, a la insensibilidad, al despilfarro. Volvimos a no ser agradecidos y a no valorar lo maravillosas que son las pequeñas cosas, como contemplar un atardecer o disfrutar al ver aunque sea desde lejos a nuestros seres queridos. Volvimos a maltratar la naturaleza. Volvimos a no cuidar nuestra salud y bienestar. Volvimos a olvidarnos de lo frágil que es la vida y a creernos los dueños del mundo.
Muchas empresas no entendieron que la virtualidad sintetiza procesos y acorta tiempos, presupuestos y distancias, y volvieron a medir la productividad únicamente en “horas hombre” y en qué tan vigilados pueden tener a sus empleados; volvieron las reuniones que bien podrían ser una llamada o un mail; volvieron al yugo pero con tapabocas puesto.
Muchas familias nuevamente cayeron en el cada quién por su lado, en la indiferencia y la apatía. Se olvidaron de aquellos momentos en los que los lazos afectivos se estrecharon gracias al tiempo compartido y en el que los planes de cocinar juntos, jugar a las adivinanzas o ver películas con las crispetas o la pizza que pedían a domicilio, eran lo mejor del mundo.
Esto no es más que una reflexión para que no echemos en saco roto lo que pasó y recordemos que en un segundo todo nos puede cambiar y que ni siquiera el dinero puede comprar la salud y la vida. Un llamado a volver a lo simple, lo real, lo espiritual. Lo que de verdad tiene sentido.
Hoy podríamos ser mejores personas, con un corazón más humano, más sensible, pero irónicamente somos tan humanos que elegimos no serlo.
*Comunicadora Social. MG en Gestión de Organizaciones. Asesora en Marketing y Comunicaciones.
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