Contrición: “Arrepentimiento por haber obrado en desacuerdo con la voluntad de Dios y propósito de no volver a actuar mal en adelante”, reza el gugloráculo (motor de búsqueda) en respuesta automática, al usar el botón del sabio electrónico que tenemos hoy al alcance de nuestra yema.
A ese estado hemos de llegar las personas cuando Dios, o “lo que sea que esté allí”, nos toca la puerta de la conciencia para despertarnos del sueño psicológico.
De acuerdo con nuestra formación familiar, social y cultural, y las experiencias de la vida, así será nuestra reacción ante los retos morales.
Los acontecimientos llegan a nuestros sentidos y son transportados al pensamiento por la red nerviosa y neuronal, donde son procesados por el constructo cultural que, mediante el juicio, nos propone una posición personal sobre los hechos. Es así como cada uno de nosotros diferimos en cómo vemos: la invasión rusa a Ucrania, el escándalo de la Universidad de Cartagena, o los cachos del vecino.
Por ejemplo, hay personas que vemos como un asesinato “interrumpir” la vida de un ser, antes de cumplir seis meses con cualquier excusa. Otras tienen en su constructo sicológico y moral que se puede “justificar” con unas causales o, simplemente se ejecuta sin ninguna de ellas.
Todos tenemos pecaditos y pecadotes; hemos cometido grandes o pequeños errores; justificamos en mayor o menor proporción nuestras acciones o las de los demás. Pero hay líneas que nos dicta la moral o la religión que son muy delgaditas y ahí es donde entra la conciencia a acomodarnos según nuestros intereses y nuestros miedos, o darnos un certero golpe que nos haga reaccionar. Matar es matar, robar es robar y engañar es engañar, independientemente de la religión o la ideología que nos mueva. Mientras tanto, la conciencia está empañada y no permite que aflore la vergüenza suficiente para hacer un acto de contrición que active el camino del arrepentimiento.
Vemos cómo desempeñamos nuestros papeles familiares, laborales y sociales, movidos por nuestros intereses, sin contemplar las consecuencias de obrar mal. Papás que violan y matan hijos, políticos que pretenden modelos económicos que llevan a la ruina y a la pobreza a toda una nación, maestros y funcionarios que roban de los presupuestos de los estudiantes, empresarios que les niegan derechos laborales a sus empleados, todos inmersos en el mar de la inconciencia, con una vara acomodada de la vergüenza, es decir, sinvergüenza.
Hasta que misteriosamente aparece una piedra en el camino a la medida, que nos hace tropezar lo suficiente para que el golpe nos devuelva a la conciencia y la vergüenza, y nos lleve a hacer el inevitable y necesario acto de contrición.
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