Columna

La democracia es un juego de equipo

“Es el equipo y no la estrella quien gana el partido. Son los que trabajan duro, aunque no sean guapos, ni carismáticos, los que ganan...”.

Alfredo Ramírez Nárdiz

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Como bien saben ustedes, hace poco más de una semana España ganó su segunda Copa Mundial de Fútbol. Díganme, ¿recuerdan el nombre de más de un futbolista español? Seguro que muchos recordarán el de Lamine Yamal, la joven estrella del Barcelona. Quizá, los muy futboleros sean capaces de añadir el nombre de Pedri, Rodri o el melenudo Cucurella. Al muchacho que marcó el gol de la victoria en la final me apostaría algo a que ni lo conocían antes del partido, ni posiblemente lo recordarán ahora. Comparen eso con las estrellas internacionales del Mundial. Los Mbappé, Messi, Ronaldo, Haaland y todos aquellos con cuya camisa y cara se decoraban nuestros jóvenes y no tan jóvenes en sus redes sociales. ¿Qué hicieron esas estrellas? Los dos primeros apenas le dispararon una vez, y entre los dos, a España. El tercero ni una. Y el último, que se iba a comer el mundo como sus antepasados vikingos, no pasó de cuartos.

Moraleja. Es el equipo y no la estrella quien gana el partido. Son los que trabajan duro, aunque no sean guapos, ni carismáticos, los que ganan; pues la democracia es exactamente lo mismo. La democracia es, en su misma esencia, la negación de los liderazgos carismáticos. Para liderazgos carismáticos ya tenemos a las dictaduras y otras formas de autocracia. La democracia (liberal) se basa en la limitación del poder como garantía de la libertad. Limitación del poder mediante la configuración de un sistema de órganos constitucionales que se equilibran y limitan unos a otros; es decir, una red que tiene por objeto evitar que un presidente carismático monopolice el poder y, con ello, viole las libertades de los ciudadanos. Una democracia funciona cuando sus líderes son figuras menores, grises y burocráticas, sometidas a las leyes. Y no funciona cuando sus líderes se creen mesías llamados a salvar la patria.

No es algo nuevo en esta columna. En multitud de ocasiones he insistido en ello: Colombia no funciona como debería no por algún tipo de maldición cósmica o de conspiración, sino porque sus instituciones tienen mucho más de caudillistas de lo que confiesan. Y ese caudillismo lleva a que, cuando el presidente es lo suficientemente fuerte, pocas cosas suceden fuera de su voluntad. En la última Presidencia las limitaciones al poder previstas por la CPC de 1991 más o menos controlaron al aún residente en la Casa de Nariño. Veremos qué pasará con su sucesor. Recuerden, las dictaduras siempre tienen a una estrella, pero la democracia se juega en equipo.

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