La antítesis “cambiar todo para que nada cambie” suele ser usada en ciencia política para aludir al ‘gatopardismo’, que no es una filosofía ni una ideología, sino una vieja estrategia usada por las castas políticas cuando ven amenazado su poder, y consiste en simular cambiar algo -o en algo- para que todo siga igual, esto es, para seguir manteniendo sus privilegios.
La frase se origina en un diálogo de la novela ‘El gatopardo’, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que retrata la decadencia de la aristocracia italiana en el siglo XIX y el ascenso de la burguesía liberal. En dicho diálogo, el príncipe Fabrizio Corbera intenta convencer a su sobrino Tancredi para que siga fiel al antiguo régimen, quien para sorpresa de su tío responde: “Hace falta que algo cambie para que todo siga igual”.
El gatopardismo en Colombia era una práctica inusual hasta ahora. La estrategia de los políticos y partidos tradicionales -para mantenerse en el poder- era simple, pero eficaz: de sus huestes surgía una figura “renovada” con un discurso renovado (revolcón social, seguridad democrática, etc.), que prometía un cambio que al final no se daba. Era una especie de teatro de “pacotilla”, aburrido y predecible, que se repetía cada cuatro años.
En las elecciones pasadas, sin embargo, por primera vez la izquierda tuvo la oportunidad – bajo la bandera del cambio- de hacerse al poder. Este hecho épico, digno del mejor teatro posrevolucionario, se ha convertido en un teatro del absurdo o – mejor- en una tragicomedia, cuando con tristeza descubrimos que si bien cambió el director (presidente) y los diálogos son mucho más sofisticado (igualdad, inclusión, paz), los actores (partidos tradicionales) y el libreto (mermelada, corrupción) es el mismo. Al final, las antiguas castas políticas -como en la novela “El gatopardo”- se vistieron de progresismo y cambiaron algo – o en algo- para que todo siguiera igual.
Prueba de lo dicho es la elección del nuevo contralor. La izquierda había rechazado y criticado la cooptación que el presidente Duque hizo de los organismos de control; sin embargo, liderados por la vieja política (Barrera, Prada y Lizcano), esa misma izquierda –sin el menor escrúpulo– apeló a todo tipo de leguleyadas y amarres burocráticos para elegir a Julio César Cárdenas, pero al no lograrlo –dice Daniel Coronell–, “Rodríguez se convirtió en el favorito del gobierno”. Y remata: “Nada distinto a lo que han hecho los gobiernos siempre, es decir, aquí no hubo cambio”.
A pesar de lo desconcertante de los hechos, me quedo con la coherencia ideológica y la decencia política de Gustavo Bolívar y Jenifer Pedraza. El primero, votó en blanco; la segunda, demandará la elección.
*Profesor Universitario.
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