Columna

Las garzas juegan y los perros hablan

“Una garza convertida en pasajera de una macrófita y un río que al tiempo transportaba vida, belleza y contaminantes”.

JESÚS OLIVERO

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En Zambrano, mientras esperaba el almuerzo frente al Río Magdalena, veía pasar taruyas, esa planta flotante que viaja río abajo llevando vida y mercurio, repartiendo el legado tóxico por toda la cuenca. Entonces apareció una garza sobre aquel colchón vegetal, como si el río le hubiera prestado una balsa. Pasó cerca, me miró con indiferencia elegante y siguió. Minutos después observé lo mismo y luego otra vez. Entendí que no eran garzas distintas, sino la misma. Caminé río abajo y la vi levantar vuelo, regresar al restaurante, escoger otro montículo verde y dejar que el Magdalena la llevara de nuevo.

El animalito tal vez pescaba, pero a mí me pareció que jugaba. La escena fue hermosa y misteriosa. Una garza convertida en pasajera de una macrófita y un río que al tiempo transportaba vida, belleza y contaminantes. Esa mezcla resume mucho de lo que somos como país: tenemos paisajes extraordinarios y, al mismo tiempo, los destruimos o envenenamos sin culpa alguna.

Días después, en Cartagena noté a un perro callejero detenerse frente a un portón de malla metálica. Ladró, y adentro, otro perro levantó la cabeza y respondió. Al principio pensé en una discusión; pero no, aquello fue una conversación. El de la calle entró por debajo de la puerta, ladró bajito, y luego el perro de adentro gesticuló y salió por el mismo hueco. Yo imaginé el diálogo: “Oye, ya almorcé; hay unas bolsas abiertas cerca al Reloj Floral”. El otro quizá respondió: “Estoy cuidando aquí”. Y el primero insistió: “Ve tranquilo, yo me quedo un rato”. Puede sonar fantasioso, pero solo para quien cree que el lenguaje termina en las palabras humanas. Los animales avisan, llaman, reclaman y acuerdan. Hablan a su manera desde antes de la invención de discursos de superioridad.

Algo parecido ocurre con las plantas. Responden a señales, alertan a otras e interactúan con hongos e insectos. Quizá no hablan como nosotros, pero comunican. Esa diferencia debería producir humildad, no desprecio. Cuando tumbamos árboles, rellenamos humedales, cortamos manglares o contaminamos, rompemos conversaciones que no entendemos. ¿Qué pensarán las garzas o las iguanas cuando cortan su casa manglar? ¿A quién culparán?

Tal vez la inteligencia artificial permitirá interpretar lenguajes no humanos. Quizá descubramos que el planeta lleva milenios hablando y nosotros hemos sido pésimos oyentes. La garza de Zambrano y los perros de Cartagena recordaron algo elemental: somos apenas una especie más. La inteligencia no es dominarlo todo; consiste en cuidar lo que aún respira, florece, canta, camina o nada junto a nosotros. Cuidar un árbol, un río, un perro callejero o una garza no es un gesto menor de sensibilidad, es una forma de justicia con las demás criaturas. La Tierra no nos pertenece. La habitamos un rato, y respetar a quienes la comparten con nosotros nos haría, ahora sí, merecedores del espacio que ocupamos.

*Profesor

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