Las competencias laborales y socioemocionales, como el manejo que dan los colaboradores al tiempo y a la presión, figuran entre las preocupaciones más frecuentes de los líderes en las organizaciones. No es para menos: del tiempo, un recurso limitado, no acumulable ni intercambiable, depende el uso eficiente de otros recursos necesarios para alcanzar los resultados en un mercado acelerado y altamente competitivo.
En este sentido, “el tiempo es oro”. Sin embargo, por ser solo un medio para mejorar nuestra calidad de vida, la forma como concebimos al trabajo debería ser repensada. La trágica realidad para muchos es que, además de pasar la mayor parte de su vida en el trabajo, deben tolerar su precariedad y poner en riesgo su bienestar. Otros, inadvertidos de lo que ocurre, acuden equivocadamente a Cronos, dios griego del tiempo cronológico, cuando en realidad ruegan por libertad para ir al encuentro de Kairós, dios de las experiencias vividas y momentos únicos.
Es en ese momento en el que descubren, en palabras de José Luis Sampedro, que “el tiempo no es oro, el oro no vale nada. El tiempo es vida”.
Aunque no sea explícito, los contratos de trabajo son en esencia un intercambio de dinero por tiempo. Es el mismo tiempo que usamos para compartir con los hijos, para dedicarnos a las propias aficiones o a atender proyectos personales. Es como si en la cultura laboral actual las empresas compraran el tiempo del colaborador y no su talento, conocimientos o experiencia.
La discusión es más profunda en los casos en los que la mayor eficiencia del trabajador no se compensa con más tiempo libre, sino con más trabajo con el mismo sueldo. El resultado es apenas evidente: un detrimento del valor del trabajo y un robo del tiempo que es vida.
Con la pandemia y el trabajo desde casa muchos problemas se agravaron pues desapareció la línea que divide la vida personal y el trabajo. Es por ello que alcanzar el balance vida-trabajo cobra cada vez mayor valor entre los retos actuales de la Gestión de Talento Humano. No por nada entró en vigor este año la Ley 2191 o Ley de desconexión laboral.
La solución no reposa únicamente en ofrecer a los trabajadores herramientas para el manejo del tiempo. También se requiere un ajuste de las políticas y procedimientos en las empresas y la presencia de líderes empáticos y capaces de definir medidas objetivas para evaluar la contribución al cumplimiento de metas.
Jefes controladores y que someten a los colaboradores a interminables jornadas de trabajo deben quedar atrás. Olvidémonos de la idea de que para ganarse la vida hay que perderla.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
*Profesora del Programa de Psicología, UTB.
