En días pasados, los economistas Adolfo Meisel y Ángela Granger, el primero, rector de la universidad del Norte y la segunda, asistente de investigación, dijeron en una publicación del periódico El Universal, que Cartagena es la ciudad que más ha retrocedido en desempeño educativo en el Caribe colombiano, afirmación esta, preocupante, que se evidencia en los resultados de las Pruebas Saber de los últimos años, sin que ello, sea el indicador más relevante, ni sea imputable en toda su dimensión a la administración actual y sobre lo cual, no se vislumbra solución a corto plazo, en razón a que la educación no ha sido prioritaria en la agenda de quienes históricamente han definido las políticas públicas de la ciudad, más allá de la literatura que cada 4 años adorna las estrategias y programas de los planes de Desarrollo.
Los autores citados toman como referentes para sustentar el retroceso educativo de la ciudad, elementos como: la calidad de los docentes, que la circunscriben al bajo porcentaje de postgrados que tienen los profesores de la básica y media de las instituciones públicas, representado en un 14%, comparado con el resto de ciudades de la región Caribe que es del 24% y el del nivel nacional que es del 32%.
El segundo elemento lo atribuyen a la precaria infraestructura de gran parte de las instituciones oficiales, lo cual incide en la calidad de los procesos y en la implementación de la jornada única, estimada solo en un pírrico 14%, siendo también una de las más bajas del país.
El tercer elemento incidente a juicio de Meisel y Granger, tiene que ver con el componente de dotación, renglón en que también destacan la deficiencia en el acceso a internet, tan indispensable hoy en la formación escolar, dado el mundo globalizado, el esplendor de la virtualidad y el claro mensaje que nos dejó la emergencia sanitaria, que golpeó sin clemencia a la vida, y a la educación en toda su dimensión.
Pero más allá de lo que a bien señalan Meisel y Granger, es menester agregar, que no menos importante resultan fenómenos históricos endémicos, ligados a la crisis de gobernabilidad política de esta parte del territorio, manifestados en una dirigencia a la que poco le ha interesado la educación en su naturaleza de ser eje de transformación social, existencia de currículos descontextualizados, programas de capacitación de docentes inapropiados, recurso humano profesoral y de apoyo escolar faltante, ambientes escolares hostiles y el no reconocimiento de la crisis por quienes toman las decisiones.
En razón a ello, es urgente un diálogo franco con las comunidades educativas: estudiantes, universidades, empresarios, gobierno y maestros, estos últimos, actores de excepción, donde se discuta y se tracen metas trascendentales, desde la aceptación de la crisis, sin ello, no es posible abordarla, nadie puede resolver un problema que no ha comprendido.
Es esto, lo que hay que hacer, en correspondencia con lo que el Gobierno nacional quiere construir, alineado con el objetivo No. 4 de la ODS.
Te puede interesar: