Columna

El secuestro del pensamiento crítico en la escuela

“Como advierte Jonathan Haidt en ‘La generación ansiosa’, estamos ante una transformación que afecta especialmente a nuestros jóvenes”.

Luis Alfonso Ramírez

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Vivimos una de las paradojas más dolorosas de nuestra historia educativa: nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y nunca pensamos tan poco.

Durante mi vida profesional como docente de Ciencias Sociales y directivo docente, defendí la idea de que educar era enseñar a pensar. Hoy esa tarea se ha convertido en resistencia, porque la cultura digital dominante no siempre complementa el pensamiento: muchas veces lo subyuga.

La escuela en la que nos formamos, hasta los años 80, se sostenía sobre tres pilares de la cultura del libro: lentitud, duda y silencio. Leer a García Márquez o Sartre exigía detenerse para escucharse. La cultura digital invirtió esa lógica: premia la velocidad sobre la profundidad, la reacción sobre la reflexión y la estridencia sobre el silencio.

Como advierte Jonathan Haidt en ‘La generación ansiosa’, estamos ante una transformación que afecta especialmente a nuestros jóvenes.

Un estudiante no carece de datos; carece, muchas veces, de procesos de pensamiento. Sabe qué pasó, pero no por qué. Tiene opinión, pero dificultad para sustentarla.

Como escribió Camus: “Pensar es aprender de nuevo a ver”. Sin embargo, nuestros jóvenes ya no ven: escanean.

El scroll infinito está produciendo tres amputaciones:

La amputación del tiempo. Pensar exige lentitud, volver sobre lo pensado y sostener una contradicción. El celular enseña lo contrario: si algo no engancha, se desliza.

La amputación de la frustración. Pensar duele, dudar incomoda y no comprender exige esfuerzo. La cultura digital permite cambiar de video o buscar un resumen. Podemos estar formando jóvenes hábiles para el facilismo, pero débiles para sostener el esfuerzo de comprender.

La amputación de la pregunta. Google ofrece respuestas inmediatas a preguntas que nunca nos hicimos. Sin curiosidad no hay conocimiento. El estudiante consume respuestas prefabricadas y corre el riesgo de convertirse en lo que llamé alguna vez ‘esclavos modernos’: libres para conectarse, pero incapaces de desconectarse para pensar por sí mismos.

No propongo sacar la tecnología del aula, sino devolverle a la escuela su función: enseñar a usarla con mesura, sin convertirla en protagonista.

Desde mi experiencia propongo cuatro prácticas:

1. Reivindicar el libro físico, fortaleciendo bibliotecas escolares y públicas como espacios de encuentro y pensamiento.

2. Recuperar la lectura lenta: textos en papel, releídos, subrayados y discutidos.

3. Pensar antes que buscar: quince minutos de hipótesis antes de acudir al buscador, reivindicando el derecho a equivocarse.

4. La cátedra del cuaderno en blanco: una o dos horas semanales sin Internet, una pregunta sin respuesta prefabricada y escritura silenciosa. Evaluar la calidad de la pregunta, no solo de la respuesta.

La idea no es modernizar la escuela con más pantallas, sino humanizarla con más pensamiento.

Porque no hay transformación social sin conciencia crítica.

Desconectarse para pensar.

*Lic. Ciencias Sociales y Económicas.

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