Cartagena es hermosa, evocadora, histórica, heroica, tal vez está mal vestida, pero nunca dejará de ser mágica. Esa belleza y encanto de nuestra ciudad turística se viene empañando por un sinnúmero de problemas que la aquejan. Uno de ellos es la inseguridad.
El ranking de las ciudades más peligrosas del mundo en el 2022 pone a Cartagena en el puesto 47 (la cuarta más peligrosa de Colombia). Mientras ciudades como Medellín mejora levemente sus índices, Cartagena los incrementa enormemente.
El 2023 va peor. El mes de enero fue alarmante, Cartagena pasaría de 31.29 homicidios por cada 100.000 habitantes a 37, esto nos dejaría como la tercera ciudad más peligrosa de Colombia, siendo una de las ciudades con mayor número de policías por habitantes; por encima de la media nacional.
No importa si es de madrugada o a plena luz del día, en la tarde o el anochecer, en las salidas o entradas de colegios, en casas, terrazas, bares, tiendas; nada importa, se volvió normal ver caer seres humanos al pavimento o en las feas calles destapadas y polvorientas. Caen moribundos como uno más a las cifras de asesinatos y otro a las de impunidad.
Bang, Bang, Bang, es el sonido que llena de terror a habitantes de Cartagena, cada que este tenebroso ruido hace eco en nuestros barrios, corre la gente despavorida a ver quién es la víctima, pues siempre está el temor que sea un pariente vecino o conocido. El valor por la vida tiene tendencia a la baja, no se termina de hablar del crimen reciente, cuando ya este pasa al olvido por el de uno nuevo.
No importan los días; si son puentes, en semana o fines de semana, no importa si hay restricción de parrillero, pico y placa o día sin moto, la muerte se pasea por la ciudad; alguien le pone precio a la vida y decide quién muere. El sicario, frío, calculador y sagaz simplemente cobra por cumplir el objetivo macabro de la muerte.
No hay resultados, no se ve reacción (aunque reaccionar no es lo que queremos), se requiere persuadir, disuadir y prevenir. Si hay una reacción es porque hay un delito, o, tal vez están haciendo el levantamiento de un cadáver; no obstante, no se trata de perseguir o buscar al asesino, se trata de prevenir o evitar el delito.
Los informes de las autoridades son más desoladores aún, pues parecen justificar los muertos: “que es guerra entre pandillas, ajuste de cuentas, luchas por territorios” o leen el prontuario de algunos de ellos, si es que lo tienen.
El ciudadano tiene miedo, se siente inseguro; en los barrios mitigan ese miedo y percepción de inseguridad cerrando calles con talanqueras, tal vez no sea lo permitido, pero les da más tranquilidad.
El derecho a la vida es una responsabilidad del estado; sin embargo, una ciudad no es más segura porque tenga más policías, nos sentiremos más seguros cuando esos policías sean más efectivos, cuando se prevenga el delito en vez de perseguir al delincuente, cuando el valor por la vida sea más alto que el de la muerte.