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Columna

Salvar a El Salvador

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Bukele ha sorprendido a toda Latinoamérica, y ciertamente a muchas sociedades de otras geografías más avanzadas, porque rápido entendió que tenía que garantizarle a su gente el primer derecho: el derecho a la vida.

El presidente de esta pequeña república incrustada en el ombligo de Centroamérica, leyó el miedo de los habitantes honrados de su país, o sea, casi todos, y tomó cartas en el asunto.

Hoy, habiendo construido unas cárceles inviolables, y habiendo provisto al sistema de justicia con herramientas que parecen incorruptibles, tiene a más de 60 mil delincuentes dentro de ellas, pagando condenas por sus crímenes. La gente de El Salvador vuelve a creer, y el país renace de su holocausto, como una planta que tras el duro invierno florece en la primavera.

El paso que sigue es más difícil todavía, pero es fundamental para la conciliación total de una sociedad que sabe dónde comienza la paz total, en reemplazo del otro holocausto, el hacinamiento de las cárceles: se trata de la recuperación de todos esos presos, dentro de un programa de regeneración continua.

La idea es aprovechar el estado de indefensión de todos estos bandidos y comenzar un largo proceso de reconversión hacia la civilización, la convivencia, la tolerancia, la responsabilidad hacia el prójimo, el valor del sacrificio, el respeto por las leyes, entre otros. Es un camino tan largo como la duración de sus condenas individuales. Esto implica exponerlos varias horas al día todos los días a los mejores expertos, obligarlos a reaprender por medio de lecturas, investigaciones, talleres y dinámicas, y sobre todo, exponerlos al amor que les hizo mucha falta. Es una apuesta atrevida y de alta intensidad. Habría que empezar por agruparlos según su condición síquica y a partir de allí, hacerlos recorrer el largo camino de regreso a la vida de los justos. Sería un desperdicio que esas almas quedaran olvidadas en su encierro, como las almas que vemos en las cárceles colombianas, pero tampoco se pueden dejar libres sin una transformación de sus siques, que les permita, con el paso de los años un cambio profundo de vivir sus vidas y de ver la de los demás.

Un programa así costaría mucho y por ello tendría muchos enemigos. Habría que preguntarse si es mejor dejar que estas almas se pudran en sus condenas y salgan de su encierro para volver a delinquir con mayor odio en sus corazones. Alguien tiene que cerrar ese círculo.

Salvar a El Salvador implica salvar nuestros países de la manera más inteligente que podamos inventar. No se trata de firmar un contrato que habla de la paz y del perdón, o de premios sin condena alguna. Se trata de aprovechar la condena para transformar una mente errante, y quizás nuestras sociedades terminen beneficiándose de ello.

“Salvar a El Salvador implica salvar nuestros países de la manera más inteligente que podamos inventar”.

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