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Columna

Democracia en vilo

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La cultura de occidente parece haber encontrado su propia forma de eutanasia. Preocupa ver cómo un conjunto de comportamientos apresurados por una tecnología de punta, ha generado nuevas formas de pensar la vida. Las resumo: primero: la libertad antes que nada y por encima de todo. Es quizás el nuevo Dios. Y si para llegar a Dios antes era indispensable acercarse a alguna religión, ahora parece ser que vivir libres, sin límites es la forma de sentirlo cerca, aunque sea un Dios tergiversado. Segundo: disfrutar la vida. Pensamientos como vivir el presente y buscar tus sueños, tan inocentes como profundos, parecen haber borrado la necesidad de entender la historia y contextualizar los hechos y las posibilidades personales por un lado, y por el otro la suposición de que todo el mundo puede alcanzar cualquier sueño, y por lo tanto se asume que será fácil. Vivir se vende como un elixir paradisíaco, que enfrentado a la realidad también produce muchas veces drama y trauma, y por consiguiente violencia y traición en las mentes menos preparadas. Tercero: los derechos. Todos los grupos de interés tienen derechos, reclaman derechos aún si son ínfimos en términos porcentuales de la población. Sin embargo, la mayoría de la población debe adaptarse a esas nuevas reglas sin límites (los límites son vistos como discriminación) no importa si esa adaptación incluye el irrespeto por las instituciones que nos soportan (familia, educación, religión, justicia, seguridad, honestidad, gobierno). Cuarto: la nueva doctrina sentencia que todo empresario y todo grupo económico es un depredador de la sociedad y del planeta por lo tanto depender menos de ellos y más de un gobierno consentidor es una meta esperada. Finalmente, la tecnología que ha hecho todo tan fácil e inmediato que la vida se nos está resumiendo a pantallas y botones haciéndonos olvidar que la interacción social “in situ”, o la escritura y la lectura hacen mejor bien a nuestras almas.

Esta nueva forma de pensar la vida, la de la inmediatez, solo ha restado su valor. En vez de un don, hemos convertido la vida misma en un producto desechable y comerciable, aun cuando no satisface algunas lógicas preguntas: ¿qué pasa cuando las libertades se superponen unas a otras? ¿Qué pasa cuando tus derechos quiebran los míos? ¿Dónde queda el papel de la responsabilidad? ¿Cuál es la motivación de vivir en el soñado elixir y ello nos haga olvidar la natural dualidad que aplica en la vida humana de dificultad-recompensa?

En vez de trabajar en estas respuestas, la nueva forma de pensar la vida nos dicta que vivimos en, por y para una democracia liberal, excesivamente liberal. Creo que no era liberal en valores, principios y moralidad que necesitábamos evolucionar. Quizás era más en lo económico.

La única forma de salvar lo que queda es unirnos alrededor del amor. Parece una frase cliché: un amor responsable para una democracia responsable. Sin embargo, mientras buscamos el camino de regreso a ese amor responsable vale la pena analizar si el progresismo desenfrenado de la vida moderna es una lógica consecuencia de la democracia liberal, o si hacernos responsables de nuestra democracia nos vuelve ya por definición iliberales.

“En vez de un don, hemos convertido la vida misma en un producto desechable y comerciable, aun cuando no satisface algunas lógicas...”.

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