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Recientemente se adjudicó el nuevo operador para el aeropuerto Rafael Núñez, una concesión que no llegará siquiera a los diez años. Se compromete al ganador a hacer inversiones con un nuevo terminal internacional, la remodelación del viejo, la construcción de una pista de carreteo y la instalación de cinco puentes de abordaje.

El aeropuerto Simón Bolívar de Santa Marta movió el año pasado 3,8 millones de pasajeros. Esta terminal fue inaugurada a comienzos del 2017, y a pesar del reducido espacio y todavía no poder recibir aviones de gran talla, por la longitud de su pista, les quedó bien a los samarios, con parqueadero subterráneo al lado del mar, y sin filtraciones. Interesante también que cuenta con cinco puentes de abordaje debidamente acondicionados, para evitar que los pasajeros, locales o turistas, se expongan a la intemperie.

Hace unos meses regresaba yo de Holanda en un moderno avión 787, con recalada directa a Cartagena. Observé, antes de abordar en Amsterdam, que una familia con cinco hijos entre los 8 o 10 años y los cero años también formaba parte de los pasajeros. Cuando finalmente aterrizamos en el flamante Nuñez, uno de los aeropuertos más ocupados del país, el gigantesco avión fue estacionado en una posición remota. Mi horror llegó cuando por la ventanilla observé cómo, tras varios minutos de espera, una cuadrilla de trabajadores empujaba una escalera que se movía como una calavera por el asfalto de la plataforma de parqueo, perspirando inestabilidad. La vista era cómica, pero a la vez vergonzosa. Si ese avión pudiera pensar, ¿qué estaría pensando de la escalera del Nuñez? Pero mi horror no era por la vergüenza que me invadió. El avión venía repleto de ansiosos turistas europeos. Yo había ya bajado esa escalera varias veces, en otros viajes cuidando de guardar el equilibrio. Mi horror era pensar en la familia de cinco hijos, que tenía que cargar con al menos dos bebés de brazos y sus respectivos bolsos, otros tres inquietos chicos, un coche, una mochila tipo canguro, y bajar todos por una escalera que seguramente no estaba certificada para “trabajos en altura”, como tampoco lo estábamos ninguno de los pasajeros.

El aeropuerto de Cartagena movió el año pasado 7.2 millones de pasajeros, nacionales e internacionales. La nueva concesión obliga al ganador a construir cinco puentes de abordaje, solamente, y no aclara, públicamente, si los harán en el muelle internacional, o dos aquí y tres por allá. Quizá sean todos para los extranjeros. Los demás, a seguir chupando calor y lluvias. No hay forma, solo por las cifras, en justificar el escuálido requisito, aun si fuera un “mientrastantazo”.

Esta es la Cartagena que duele, la de las pequeñeces que nos obligan a quedarnos en esa pegajosa mediocridad.

“Esta es la Cartagena que duele, la de las pequeñeces que nos obligan a quedarnos en esa pegajosa mediocridad”.

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