Han transcurrido poco más de dos semanas de enero y aún sigue latente aquella necesidad generalizada de intentarlo de nuevo. Por alguna extraña razón, al iniciar cada año nos invade la convicción y determinación del cambio, como si nuestras vidas se ajustaran gracias a un calendario y no gracias a una nueva conciencia y mejores acciones.
La realidad es que no tardamos en darnos cuenta de que seguimos arrastrando los mismos patrones de pensamiento y comportamiento. Como resultado, la frustración y la impotencia vuelven a “dañarnos el camina’o”. Las encuestas lo ratifican: en América Latina más del 60% de los objetivos o resoluciones que se trazan las personas se abandonan a los pocos días o semanas de iniciar el año. ¿Es una falla en la persistencia como elemento clave de la motivación? ¿Cuál es la causa de esta falla?
Este fenómeno suele ser atribuido principalmente a nuestra tendencia evolutiva a esperar recompensas de cambio a corto plazo ante hábitos que hemos venido construyendo durante mucho tiempo para “buscar placer y evitar el displacer”. Fumar, comer en exceso y el sedentarismo son algunos ejemplos. Además, estamos inmersos en una cultura reactiva y no proactiva, en una zona geográfica en la que buscar los alimentos antes de la llegada del invierno nunca fue un problema. Haber aprendido más a improvisar que a planear nos pone en contravía de un aspecto clave para alcanzar las metas de cambio: mantener el esfuerzo en el tiempo es imprescindible para obtener las satisfacciones perdurables que traen los cambios.
Es así como el deseo y las razones para hacer cambios no son suficientes. Se requiere conocernos un poco más en nuestra humanidad y debilidad, así como reconocer las estrategias que mejor se adaptan a nuestras necesidades y limitaciones particulares. Esto nos permitirá regular nuestro temor natural a lo nuevo y a lo desconocido, y establecer metas claras y específicas que se ajusten a nuestras capacidades y planes flexibles que eviten nuestra tendencia cognitiva a obstinarnos con una única forma de hacer las cosas. Anticipar los obstáculos a los que nos enfrentamos también hace parte de “hacer las cosas diferente para mejorar nuestra calidad de vida”.
Enero es con frecuencia el mes de los planes y las transiciones. No es necesario apresurarse a tomar acción para el cambio. Pensar mejor en las estrategias, tener claras las alternativas y regular nuestros estados emocionales para ser constantes con nuestro objetivo son claves para que al final podamos darle más sentido a los coros de “año nuevo, vida nueva” que cantamos cada vez.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
*Profesora de posgrados, UTB.
Te puede interesar: