No me gustan las congregaciones. No me gustan sus redundancias, sus palabras vacías, su carencia de originalidad, sus lugares comunes, su iteración. Casi tarde me di cuenta de que no soporto ser gregario, y eso, en sí mismo, también implica la imposibilidad -mía- de ser líder. O sea, lo que fue una alegre -y algo arrogante- revelación, se volvió inmediatamente en el reconocimiento del fracaso en una de mis aspiraciones: una dolorosa renuncia.
La congregación es una reunión de gregarios, sobre los cuales María Moliner dice: “…de las personas que forman parte de un grupo sin distinguirse de las demás. O que carecen de iniciativa y se dejan llevar por otros haciendo lo que hacen todos. Rebañego. Borrego”. Rebaño no llega a tribu, que ya es decir. El antónimo de gregario es individualista, y Colombia es uno de los países menos individualistas del mundo.
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El gregario no se determina por la posición social, o la situación económica. Los que provienen de posiciones acomodadas lo hacen por un abandono consciente del pensamiento crítico, sea por pereza, miedo o falta de curiosidad. Los pobres, en cambio, quedan prácticamente obligados (intimidados) a pensar sin pensar; los dirigentes/líderes tratan de tener a la mayoría poblacional comportándose como un rebaño. Estamos tan mal de líderes -en la izquierda y en la derecha, en la política y en los negocios- que no les conviene tener gente con criterio que pueda cambiar de parecer, o cuestionar las ideas absolutas y sin matices. Mandar no es cosa fácil (ya me referiré a eso en otro artículo).
Por eso establecieron un binomio dirigente-gregario, en el cual los exitosos eran dirigentes y los fracasados gregarios; no había nada en el medio. Nadie quiso ser gregario, aunque lo hiciera cada vez que acudiera feliz -e ilusionado- a las congregaciones, y todos quisimos ser líderes, aunque no tuviéramos las aptitudes (o la voluntad) para ello; aún me lo cuestiono. Claro que había honrosas excepciones de gente apasionada que se atrevía, pero difícilmente se aventuraba uno a ser chef, luthier o entomólogo: se moría de hambre y era mirado como loco.
Nadie como David Sanchez Juliao expresó esa angustia: en “El Flecha” hay un subtexto con el sufrimiento existencial de DSJ por haber escogido ser escritor. Y aunque lo dice Durango sobre el boxeo, se refiere a su propia vocación: “Bueno, mejor dicho, lo soy, pues, pero ahora no lo soy. Mejor dicho, lo fui. Bueno, mejor dicho, quiero serlo”. Y no es casualidad que mezcle su profesión en una larga lista menesteres estigmatizados: “carpintero, latonero, albañil… jarriabulto, portero’e cabaré, picotero, cabrón de puta vieja, ayudante’e bus, fabricador de jaula, vendedor de raspao, chacero, escritor, no se empute, viejo Deibi…”