Como si no fuera algo de singular importancia los medios de comunicación han señalado el descenso vertiginoso del promedio de nacimientos en el país. Nos vamos asimilando a los países mal llamados desarrollados, en los cuales las naciones envejecen al tiempo que les quieren cerrar las fronteras a los migrantes de uno y otro pueblo empobrecido que llegan a ellos buscando el mejor futuro que sus antepasados también buscaron y ahora disfrutan. Ironías descaradas de la humanidad contemporánea que cada día pierde más el norte desvirtuando el sentido de la creación y en ella de la vida.
Fenómenos que llaman a la reflexión y la toma de posturas claras y radicales, como lo viene haciendo el papa Francisco, instan a una identidad católica que defiende la dignidad de la persona humana por encima de todo criterio mercantil y toda manipulación de la vida y las conciencias en función del interés del capital voraz y despiadado: la humanización de los animales hasta darles nombres de personas y pensar que nos quieren más que los hijos o vecinos, la idolatría de las nuevas tecnologías que cada día generan personas idiotizadas que van dejando de utilizar el cerebro para encontrar respuestas inmediatas a los interrogantes que plantea el momento que vivimos, el escepticismo y la indiferencia ante lo de Dios. Se habla con singular desparpajo de post humanidad, post cristianismo y pos teísmo como si se hablara de cualquier otro asunto baladí. Y no, lo que está en juego es el sentido y el destino de la vida en el planeta y en concreto, en este país.
Y no se trata de promover una natalidad irresponsable, sino de preguntarse por el valor de traer una vida al mundo como acto responsable de la grandeza de realizarse en la condición de criaturas a imagen de Dios por la apertura de la vida toda, a la sublime vocación de padre y madre. No son los hijos un estorbo porque cambien el curso de los días y las costumbres hedonistas que eluden el esfuerzo, la lucha y el sacrificio por amor. Una pregunta al corazón de las nuevas parejas que tienen en sus manos dar a este país y a la humanidad vida que preserve la vida.
Algunos califican a los pobres de irresponsables por traer más vidas al mundo que los ricos y acomodados. Y simbólicamente, son los hijos de estos pobres y los pobres mismos los que hoy sustituyen la esterilidad autorreferencial y consiente de tantos países en los que, como en este, el promedio de natalidad ha disminuido en proporciones alarmantes. Urge entonces replantear y valorar la vida humana por encima de cualquier otro criterio. Una ética del humanismo en la justicia y la equidad y una capacidad de disfrutar el don sagrado de la vida, realizando la aventura señalada por el libro del Génesis de crecer y multiplicarse para preservar la vida del planeta y de la humanidad.
