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Columna

A cumplir las normas

“Los cartageneros, acostumbrados a hacer lo que les plazca, se sienten incómodos teniendo que cumplir reglas. Ese descontento es típico...”.

Socorro Rodríguez

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Dumek Turbay llegó a organizar la casa. Sin embargo, los cartageneros, acostumbrados a hacer lo que les plazca, se sienten incómodos teniendo que cumplir reglas. Ese descontento es típico del subdesarrollo caótico en que vivimos en Suramérica y es una forma de hacer lo que nos satisfaga por encima de las leyes y de los demás. Cuando se visita un país desarrollado nada es negociable. Las legislaciones se cumplen y punto. Nadie aboga por intereses particulares, derecho al trabajo, o conveniencia de un gremio... Reglamentar es esencial para mantener el orden y establecer marcos de comportamiento que faciliten la convivencia armoniosa, vivir sin conflictos, proteger el medioambiente y garantizar la seguridad.

Un ejemplo de lo anterior es la actitud de la Asociación de Chivas de Cartagena, quienes expresaron preocupación sobre ciertos aspectos del decreto que los regula pretendiendo mantener parte de su caos y apoyando su defensa en la oferta turística. Esto es un chiste. Quienes han viajado por el mundo saben que en ningún lugar las reglas se cambian solo por beneficiar turistas. En los países musulmanes no se vende alcohol y punto; obligan a taparse la cabeza a las mujeres para entrar a una mezquita sin importar su religión o el motivo de la visita. Sus cánones se respetan. En lugares como España los restaurantes cierran después de almuerzo y no abren hasta la cena. Como se pase el tiempo puede filtrarse el hambre mientras se encuentra un lugar para alimentarte. En Asia debes quitarte los zapatos para entrar a cualquier vivienda y en lugares como Singapur no te venden chicle y está prohibido comer en el metro. Tampoco se puede gritar, cantar o “molestar” en general. En el trasporte público hay unos botones con los que los propios viajeros pueden informar de alguna irregularidad. Además, hay cámaras de vigilancia.

No me quiero imaginar la chiva rumbera en EE. UU., donde es imposible montarse en un vehículo sin usar el cinturón de seguridad, bus o automóvil. Por ley todos deben viajar amarrados. Mientras, en nuestra ciudad pretenden ir parados, bailando y tomando alcohol. El gremio de las chivas defiende la irresponsabilidad argumentando: “Nadie se va a subir a coloridos buses o escandalosos botes donde no se puede ingerir trago o escuchar música alta”. Pues, como dicen los jóvenes… “De malas”. Esa cultura de que en Cartagena los visitantes pueden hacer lo que les dé la gana es la que nos ha convertido en destino de prostitución, drogas y fiestas.

Hace poco la organización Caribe Afirmativo alertó que el decreto que reglamenta el Centro afecta a las trabajadoras sexuales que intentan salir de la pobreza. Da risa que insistan en que el Gobierno no les permite superar el “empobrecimiento”. No veo viable salir de pobre vendiendo el cuerpo y es inadmisible permitir que niñas menores cedan su cuerpo como forma de vida. ¡Bienvenidas sean las reglas!

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