Domingo, 1:30 a.m. Desde hace ocho horas estoy en la Plaza de Todos gozando con amigxs del talento musical bolivarense en Festibandas. Decido irme antes de que termine. A medida que me acerco a la salida voy topándome con la cruda realidad: debo llegar sola a casa. Inevitable que mi mente contemple la posibilidad de que, en el trayecto, “me pase algo”. Contrarresto los pensamientos trágicos aunque realistas, sustentados en la estadística y en las cientos de historias escuchadas desde siempre, con mi acervo de momentos épicos: evoco la primera vez que, a mis 10 años, cogí sola un colectivo en Ciudad de México, la más poblada de América Latina. “No nos quedó más que ser dos mujeres valientes”, me recordó mi madre antes de subirme al transporte. Traigo a la memoria las 23 ciudades de Europa que recorrí cuando aún no teníamos celulares ni internet, a los 18 años, acompañada de la guía Lonely Planet, mi inteligencia espacial y mi capacidad para “sentir la calle”. Rememoro las tantas veces que, a los 20 años, transité en Bogotá la décima, entre la 26 y la 24, para llegar al estudio de danza. No es posible, me digo, que luego de todo lo vivido, a mis 46 años, sienta miedo. No quiero permitírmelo. Pero ahí está, mirándome de frente. Tengo un nudo en la garganta: “qué tal que hoy sí sea el día”. Recuerdo la “ecuanimidad” que aprendí hace unos días en un retiro de meditación y silencio, y trato de ponerla en práctica. La realidad es que deseo saltarme este momento, ponerle forward, hacer una elipsis: quiero que esto sea un guion al que puedo escribirle un final feliz y omitir cualquier situación traumática.
Abro el Uber y pido un servicio. En los dos minutos que tarda en llegar es inevitable imaginar las posibles formas en las que ese conductor puede llegar a agredirme. Comparto la ubicación en tiempo real con una amiga a la que debo avisar cuando llegue casa… si llego. Ojalá que sí, pienso. Como en esos momentos todo hombre se convierte en un potencial violador -es parte del mismo drama -, al montarme en el carro me subo todo lo que puedo el escote, me tapo bien las piernas con mi falda y pido a la vida, a mis ancestros, a mi padre que por favor me cuiden. Le indico la ruta que considero más segura y, durante el trayecto, estoy en un estado de presencia que ni cuando medito. Voy atenta a cómo conduce, si me mira por el retrovisor, si cambia la música, si coge el celular. No sé si es mejor conversar o quedarme callada. Mejor lo segundo. Respiro. Nunca un carro atravesó la ciudad tan rápido: 15 minutos que, sin embargo, me parecen eternos. Llegamos a casa. Estoy sana y salva. Aviso que todo bien. Me dan ganas de abrazar al portero cuando me da las buenas noches. Doy gracias a quienes me protegieron en dondequiera que estén. Una vez más desafié el peligro: no “me pasó nada”. Pero pienso en cuántas mujeres que aún bailan en la Plaza hoy no contarán con la misma suerte. Cuántas viven en lugares donde existen fronteras invisibles, bandas organizadas, peligros inminentes. Cuántas tienen más riesgo de ser atacadas por su color de piel, por su orientación sexual; cuántas no pueden permitirse un Uber. Quisiera tener el poder de protegerlas para que no “les pase nada”. Duermo fatal. Se me bajan las defensas y, al día siguiente, enfermo.
Gran parte de las mujeres que lean esta narración se sentirán identificadas porque es la realidad que vivimos millones de mujeres en el mundo cuando salimos a la calle… solas. No fue necesario que “me pasara algo”. Solo contemplar la posibilidad de que sucediera violentó mi alma-cuerpo y mi derecho a salir a la calle en total libertad, sin sentir miedo. Al día siguiente le cuento a una amiga y me habla de Donna, una aplicación que “acompaña” a las mujeres hasta llegar a casa. Dejo el dato. Tristemente quedan décadas para que la existencia de un mecanismo -salvador- como éste, parezca una extrañeza.
El “peligro sexual” es pan de cada día para la mitad de la población en el mundo. (In)seguras, un estudio realizado por Plan Internacional y ONU Mujeres, muestra que el 78% de jóvenes mujeres han sido acosadas en la calle, el 90% dice no haber recibido ayuda de testigos y solo el 3% ha denunciado. El estudio recalca que “el modo en que se vive o experimenta la ciudad no solo se ve afectado por el género de una persona, sino que también se modela y remodela en torno a otros factores, como la edad, el origen étnico, la religión, el estado civil, la orientación sexual y la condición de discapacidad”.
Frente a la implacable estadística que existe, porque diagnósticos sobran, ¿qué hacen los gobiernos local, departamental y nacional contra el acoso callejero y la violencia sexual que vivimos el 50% de la población colombiana? ¿Hay planes de acción y presupuestos en las secretarías y ministerios de la Mujer/Igualdad, de Educación, de Interior para eliminar este flagelo? ¿Se vinculan con organizaciones internacionales, aprovechando su experiencia, conocimiento técnico y recursos? ¿Cómo incide el ICBF en los núcleos familiares, de donde nacen tantos tipos de violencias? ¿Qué hacen las familias para educar a los niños en igualdad y respeto hacia las niñas, que serán las mujeres del futuro? ¿Cuántas leyes ha impulsado el Congreso para protegernos? ¿Qué estadísticas de condenas -que, por favor, no descorazonen- nos ofrece la rama judicial? La Ley 1257 de 2008, Art 29/ 210A tipifica el acoso sexual y lo condena con 1 a 3 años de prisión.
De 2021 a 2023, la Defensoría del Pueblo reportó en Colombia más de 9000 casos de violencia basada en género (VBG). La predominante es “la psicológica, con 6439 casos; seguido de la violencia física con 3982; la violencia económica con 2343; luego 1684 casos de violencia sexual y, por último, 1600 casos de violencia patrimonial. En algunos casos, las mujeres atendidas fueron víctimas de varios tipos de VBG”. Igual que la pobreza, esta violencia es multidimensional y estructural. Por eso requiere de un trabajo mancomunado entre Estado, sociedad civil y organismos internacionales.
Utilizar un transporte público no debería implicar riesgo. Tampoco es aceptable que algunos hombres violenten a las mujeres, ni que asumamos que transitar por las calles es peligroso. ¿Hacia dónde se dirige una sociedad que normaliza el absurdo?

