El duelo es un territorio inhóspito. Es desierto, aridez, lejanía. Es, también y al mismo tiempo, estar desnuda en una tormenta de nieve, paralizada, siendo testigo de cómo el cuerpo se engangrena, sin poder hacer nada. Las lágrimas del duelo son espesas, queman, tienen voluntad propia; son inesperadas, inagotables. La piel, en el duelo, muere de sed; los poros gritan y digo yo que, por eso, los zurcos se ensanchan. El pelo va perdiendo la alegría y las ganas. La voz evita nombrar el mundo, se asoma solo para lo necesario y emite gemidos nunca antes conocidos. El hambre huye, el aliento se apaga. Respirar, en el duelo, duele. Se duele. El aire que entra y sale es llamarada.
¿Por qué él y no yo?
¿Por qué yo, aquí, y tú, “allá”? ¿“Allá”? ¿Dónde queda ese lugar?
¿A dónde te fuiste?
¿Por qué me dejaste sola? ¿Otra vez? ¿Para siempre? ¿Qué significa eso?
¿Por qué en la pantalla del celular ya no aparece tu nombre?
La imaginación se va de vacaciones, las conjugaciones en futuro se extinguen. Te instalas en un infinito presente que más parece una burbuja incomprensible de la que no puedes salir . Te vuelves observadora del mundo: hay tanto dolor alrededor, tantos animales humanos y no humanos que amamos, que conocemos y que no, que también mueren, cada segundo, cada día… Y, sin embargo, “todo” alrededor sigue su ritmo frenético, inconsciente, absurdo. ¿Por qué no hablamos del duelo? ¿Por qué no sentarme a llorar en la acera frente al artista que hace malabares en un semáforo? ¿Cómo explicarme/le que sus movimientos sutiles, bellos, imposibles, acaban de despertar un recuerdo que me conecta con mi padre y que, de pronto, siento un agujero negro en el estómago y parece que ya no sé respirar? ¿Por qué la gente que está en duelo, doliéndose, lo oculta? ¿Por qué responder, “estoy bien, gracias” cuando, en realidad, queremos gritar, “¡no entiendo nada, me quiero morir!”?
En estos dos años de ir y venir a través de los recuerdos compartidos con mi padre, de sentir una extrañeza abrumadora frente a la ausencia de alguien tan fundamental en mi vida, me he dado cuenta de cuán inconsciente fui durante todos los años que estuve a su lado. Ver cómo la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) lo iba marchitando me situó en una especie de alarma permanente que llegué a normalizar hasta el punto de creer, cada año, que ése sí iba a ser último pero que, “en realidad”, él nunca se iba a morir porque gente como él nunca se puede morir. El absurdo de los absurdos. El sinsentido de la negación.
La agonía de padecer una enfermedad junto a un ser amado, también es invisible, inaudible, de eso no se habla. En cambio, se habla del clima, de la vecina, del precio de la luz, de lo mal que lo hace el gobierno de turno. Se gastan palabras, comas y puntos hablando de todo menos de lo importante. Queremos olvidar, flagrantemente, que nuestrxs padres y madres, tíxs, primxs, amigxs y animales amados van a morir algún día. No queremos ser conscientes de que la vida es finita, se gasta, se acaba. Hacemos lo imposible por no hablar de lo inevitable. Por eso no tenemos idea de enfrentar a la muerte cuando llega. Mucho menos soportamos la idea de plantearnos que vamos a morir, sí, también vamos a morir algún día y que, además, ese día puede ser en cualquier momento. Cada cumpleaños, mi sabio padre -¡cuánto te extraño, papi! ¿por qué no estás aquí?”-, decía: “No es un año más, es uno menos”.
¿Cuántas palabras me quedarán en el saldo de la escritura? ¿Cuántos atardeceres? ¿Cuántos desayunos con amigas? ¿Cuántas Navidades en familia? ¿Cuántos besos a mi hijo? ¿Cuántos programas de radio? ¿Cuántos viajes? ¿Cuántos “te quiero”?
Extrañar viene del latín extraneāre, ‘tratar como a un extraño’. Es “sentir la novedad de algo, echando de menos lo que resulta habitual, echar de menos a alguien o algo, sentir su falta”. Desde hace dos años, la vida me es extraña. Y, qué paradoja, he recuperado el llanto perdido en la infancia ante el habitual “no llores” con que acallamos la angustia que nos causa el dolor ajeno. Me he sentido tan vulnerable como una hormiga que puede ser aplastada en cualquier momento. Pero hoy abrazo a mi hijo, a mi familia, a mis amigxs sintiendo un amor tan real que me hace vibrar el pecho. Me la paso recordando, a mi alrededor, que algún día nos vamos a morir, y que puede ser mañana, que no hay tiempo para reservarnos, que “luego” no existe. Me siento más viva que nunca pero, también, más extraña que siempre en este mundo tan lleno de ocupaciones, donde la gente tiene poco tiempo para lo importante y se niega a reconocer el miedo que le genera la inminencia de la muerte.

