Varios son los factores que desafían la educación superior en Colombia, que bien enfrentados (sin ideologías) pueden convertirse en una oportunidad de mejora e innovación. Por razones de espacio me referiré solo a dos.
Uno de ellos es el hecho de que la competencia entre las universidades ha dejado de ser local para convertirse en una global: hoy cualquier universidad del mundo puede ofrecer un programa en línea a cualquier ciudadano y otorgarle un certificado o diploma en cualquier área del conocimiento, sin que para ello tenga que abandonar su país, su trabajo o su familia. En 2015, el 30% de los estudiantes norteamericanos tomó un curso de educación superior en línea y en 2022, el 55%. En Colombia, ese desprecio por el pragmatismo no hace pensar que un curso en línea o la modalidad híbrida de programas desmejora su calidad, cuando hay competencias y habilidades que un estudiante puede desarrollar de manera no presencial o autónoma.
El otro desafío -quizás el más acuciante- es la revolución tecnológica y la inteligencia artificial generativa, que ha hecho irrelevante la autoridad del profesor/a como fuente de conocimiento (ChatGPT tiene información más actualizada que cualquier docente) y ha relativizado a las bibliotecas y a los espacios físicos como templos del saber. Harari ha señalado: “La gente imagina la revolución de la inteligencia artificial y la automatización como un evento único, pero vamos a enfrentar una cadena de revoluciones”. Adicionalmente, muchos estudios confiables afirman que quienes hoy son menores de edad, posiblemente deberán reinventarse repetidas veces y cambiar de carrera y/o trabajo en un futuro próximo, para mantenerse vigentes. Por eso, es imperioso replantear los currículos, los planes de estudios (para hacerlos más flexibles en cuanto contenidos) y el tiempo en que se desarrollan las carreras. Hoy no tiene sentido someter a los universitarios -en algunos campos- a carreras extenuantes de 5 años y repletas -muchas veces- de contenidos desatinados o descontextualizados, que en el pasado fueron muy útiles, pero que hoy deben reenfocarse o desaparecer.
Las universidades públicas, que en un Estado social de derecho tienen la responsabilidad de ayudar a cerrar las brechas de desigualdad y promover la movilidad social de sectores marginados históricamente, deberían ofrecer –donde sea viable- programas a 3 años y certificar o diplomar a esos profesionales en las competencias y habilidades básicas que les permitan entrar inmediatamente al mercado laboral; adicionalmente, ofrecerles -en los restantes dos años- posgrados (especializaciones y maestría) con matrícula cero. El costo sería muy bajo o nulo, porque igual las universidades están presupuestando 5 años de gastos por estudiante, pero los beneficios serían incalculables, especialmente, para aquellos jóvenes que vienen de la Colombia profunda y tienen que gastar transporte, alimento y habitación.
*Profesor universitario.

