Columna

Rafael Núñez, el pasado en presente

Deberíamos hacer valer un Acuerdo Distrital que firmó el Concejo de la ciudad hace unos años para que enseñemos a nuestros niños y jóvenes la Historia verdadera de la ciudad.

Compartir
Ensuncho De La Bárcena
04 OCT 2024 - 03:19 PM

Por aquel entonces era yo un jovenzuelo de 19 intentando encontrar un lugar en el mundo. Acababa de renunciar, tras dos años en la cordillera oriental, a mis estudios de Ingeniería de Petróleos. Volví a mi casa natal, en La Perla del San Jorge, con el rabo entre las piernas y el deseo de regresar a la UIS para estudiar música. El viejo Rami, mi brillante padre, me sacó de la falsa ensoñación con un comentario: “¿Música? ¡Eso se lleva en las venas! ¿A cuántos músicos conoces en la familia?”.

Mi interés en esa sublime forma del Arte se había disparado al tomar un curso llamado “Clásicos y románticos” con el que creía acercarme a las letras, pero que resultó un curso de Musicología. Pronto me gané el cariño de doña Helena Acosta de Londoño, quien me nombró su monitor y me asignó unas horas semanales como encargado de la Sala de Música. Aquello me conectó con Bach, Mozart, Wagner, Vivaldi, Haydn, Beethoven, Haendel, Scarlatti y toda la música bella del mundo. Gracias a la música académica sé del lamentable estado de atraso en el que vivimos.

Te puede interesar:

¿Qué le pasa a Europa?

Volviendo de Bucaramanga me instalé unos meses en mi tierra natal, mientras todos superábamos el trauma por haber dejado ese futuro de Ingeniero de Petróleos, una vida en medio oriente y ganando millones de dólares. Eso se decía en aquel tiempo. Llegué a Cartagena del Caribe, por segunda vez, en septiembre de aquel año de mi punto de giro en el que decidí quedarme del lado de las artes y no de las ciencias. Recuerdo muy bien que consulté El Universal ese día y Dios me tenía reservada una bella sorpresa: una conferencia mítica: don Ramón “Tito” de Zubiría junto a don Eduardo Lemaitre Román. El tema me resultaba extraño: la Poesía de Rafael Núñez. Fui a la Biblioteca Pública, al lado de la Casa de la Inquisición, con toda la emoción en mi pecho. Y me resultó increíble haber visto, al menos una sola vez en la vida, a dos héroes de mi infancia: el señor de “Revivamos Nuestra Historia” y el señor de “El Pasado en presente”.

Por entonces solo sabía de Núñez que había sido cuatro veces presidente y que había compuesto la letra del Himno Nacional. Nada más. Ignoraba que había sido abogado y rector de la Universidad de Cartagena, que siendo representante a la Cámara declaró a la ciudad Puerto Franco, que se propuso restaurar el Canal de Dique e impulsar la navegación por el Magdalena, que la casa donde murió fue construida por el papá de su segunda esposa, doña Soledad Román, y que desde aquí gobernó, que firmó el Concordato con la Santa Sede, que reemplazó la circulación de monedas de oro por billetes y que utilizó 19 seudónimos en la prensa.

Todo esto lo vine a saber 30 años después, hace pocos días, en la bella y pertinente Conmemoración de su fallecimiento, organizada por la Academia de la Historia de Cartagena, presidida por don Jorge Dávila-Pestana. En los actos protocolarios del 18 de septiembre no estuvieron ni el alcalde de Cartagena ni el gobernador de Bolívar, sencillamente porque no saben quién fue, ni quién es, Rafael Núñez. Así estamos.

Deberíamos hacer valer un Acuerdo Distrital que firmó el Concejo de la ciudad hace unos años para que enseñemos a nuestros niños y jóvenes la Historia verdadera de la ciudad, más allá de chauvinismos, indigenismos y africanismos. Una Historia que está próxima a cumplir 500 años de Grandeza y en la que todos cabemos: europeos, asiáticos, africanos y, por supuesto, americanos. Dios permita que el Acuerdo también sirva para que nuestros funcionarios aprendan a valorar quienes somos. Amén.

Finalizo confesándoles que la noche de la víspera del Centésimo Trigésimo Aniversario del fallecimiento de don Rafael Núñez tuve el honor de participar de un inolvidable Concierto-Recital en compañía de la Orquesta Sinfónica de Bolívar, dirigida por el maestro Germán Céspedes y con los comentarios del maestro Hernán Alberto Salazar. El programa fue exquisito, a pesar del escaso público. Esa noche fuimos “una inmensa minoría”, recordando la voz del poeta Álvaro Mutis.

Dios me concedió el privilegio de prestar la mía, para que cobraran vida los poemas del hombre más importante de los nacidos en Cartagena en los últimos dos siglos.

Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News
Publicidad