Europa — 27 países en la Unión Europea, otros 19 fuera de ella — es rica, educada, con instituciones sólidas y una historia de peso. Y sin embargo, hoy el continente parece un espectador de lujo en las grandes crisis del mundo: en la guerra de Ucrania pagó más que Estados Unidos, hizo lo que Washington le dijo y se sentó, en el mejor de los casos, en la mesa chica de las negociaciones, sin ninguna iniciativa diplomática propia. En la guerra de Irán de 2026 la informaron, no la consultaron. Y en la carrera tecnológica global, Europa produce ciencia de primera — pero casi ninguna empresa de primera.
¿En qué consiste esa pérdida de peso? ¿Qué potenciales tiene Europa que no aprovecha — y qué caminos de vuelta puede encontrar?
LA CAÍDA: DÓNDE PIERDE EUROPA
En 2002, el PIB de la Unión Europea equivalía al 85 por ciento del de Estados Unidos. En 2023, ya solo al 70. Mario Draghi — expresidente del Banco Central Europeo y ex primer ministro de Italia — documentó ese deterioro en un informe encargado por la propia UE, titulado The Future of European Competitiveness, publicado en septiembre de 2024. En ese mismo periodo, China más que triplicó su participación en la economía mundial y se convirtió en la segunda potencia del planeta. El BCE proyecta para 2026 un crecimiento del PIB de la eurozona de apenas el 0,9 por ciento.
Los números son contundentes. En el Índice Global de Innovación 2024, 30 de las 39 economías europeas perdieron posiciones. En el sistema internacional de patentes PCT — el más exigente del mundo — Huawei lidera con 6.600 solicitudes. La primera empresa europea, Ericsson de Suecia, aparece en el puesto 18. En el ranking Clarivate de los científicos más citados en 2024, Estados Unidos concentra el 36,4 por ciento de los premiados; China, el 20,4 — y va subiendo. La tajada europea cae en términos relativos. Los premios Nobel de Física y Química van hoy mayoritariamente a investigadores en instituciones estadounidenses, aunque muchos de ellos se formaron en Europa. Europa forma, América cosecha.
Entre las 50 empresas tecnológicas más valiosas del mundo no hay una sola europea. La capitalización bursátil de NVIDIA superó en octubre de 2025 los cinco billones de dólares — más que el PIB de Italia o España. Europa no tiene ni un solo fabricante de chips para inteligencia artificial. Cerca de dos tercios de la producción mundial de semiconductores ocurre en Taiwán; la participación europea desaparece en las estadísticas bajo el rubro “otros”.
La guerra de Ucrania y el conflicto de Irán de 2026 pusieron a Europa frente al mismo espejo: puede analizar y dar lecciones morales, pero no intervenir de manera decisiva. La informan, no la consultan. Quien no es relevante en lo militar, no lo es en lo diplomático — una lección que el continente, el más belicoso de la historia moderna, olvidó por completo tras el fin de la Guerra Fría.
En el Premio Nobel de Literatura, Francia lidera con 16 galardonados, seguida de Estados Unidos con 13 y Alemania con 8. Pero la cultura popular global no se construye con premios Nobel sino con control de plataformas. Netflix, TikTok, YouTube, Instagram, X — ninguna es europea. Europa produce contenidos culturales para plataformas ajenas.
LAS RAZONES ESTRUCTURALES DE LA DEBILIDAD EUROPEA
En su informe de septiembre de 2024, Mario Draghi formuló 383 recomendaciones de reforma que documentan el estancamiento estructural del continente. Herfried Münkler, profesor emérito de la Universidad Humboldt de Berlín y uno de los politólogos alemanes más influyentes, diseccionó en su libro Macht im Umbruch (El poder en transformación, 2025) las disposiciones mentales que bloquean la acción. Los dos describen el mismo fenómeno desde ángulos distintos: Europa no sufre principalmente por falta de recursos, sino por parálisis estructural, narrativas equivocadas y arquitecturas institucionales diseñadas para otro mundo.
El relato equivocado
Según Münkler, Europa internalizó tras el fin de la Guerra Fría una visión del mundo que ya no corresponde a la realidad — lo que él llama la complacencia generalizada. Münkler critica primero el relato del orden basado en reglas. La esperanza de décadas de Europa — sobre todo de Alemania — de convertir a Rusia en un socio cooperativo a través de la interdependencia económica, simbolizada por los gasoductos Nord Stream 1 y 2, fue destruida por el ataque de Putin. El incumplimiento chino de las reglas de la OMC y el nacionalismo arancelario de Trump sacudieron el mismo relato desde otro flanco. Y sin embargo Europa lo recita en cada cumbre. Igual de problemático le parece a Münkler el llamado pacifismo mutado. Ya no sería un pacifismo de la propia convicción, que busca ser ejemplo para otros. Sería más bien un pacifismo que empuja al agredido a capitular para no perturbar la propia tranquilidad — una actitud que paralizó a Europa en el debate sobre Ucrania y que la paralizará en crisis futuras.
Europa como “free rider” militar desde el fin de la Unión Soviética
Tras la caída del Muro de Berlín en 1989, los países europeos recortaron sistemáticamente sus presupuestos de defensa e invirtieron los recursos liberados en bienestar. El ejército alemán, la Bundeswehr, pasó de más de 500.000 soldados en 1990 a unos 183.000 hoy; cifras similares de reducción se registran en España, Italia y Bélgica. Cuando Trump en 2025 puso en duda las garantías de seguridad estadounidenses, Europa quedó sin infraestructura estratégica propia: sin capacidad satelital suficiente, sin logística autónoma para operaciones militares de largo alcance, sin estructuras de mando conjuntas para una emergencia real.
Unanimidad y mercado fragmentado
El principio de unanimidad en la política exterior europea significa esto: Hungría — diez millones de habitantes, un PIB menor que la facturación anual de Apple — podía bloquear la política exterior de un bloque de 450 millones de personas. Orbán lo hizo repetidamente: con las sanciones a Rusia, la ayuda a Ucrania y las negociaciones de adhesión. El resultado son decisiones tan limadas que ya no significan nada. A eso se suma que el mercado único europeo es en realidad 27 mercados distintos. Los ahorros privados europeos — unos 37 billones de euros según el Foro Económico Mundial — financian en buena parte el crecimiento de otros, sobre todo de Estados Unidos, porque los inversores institucionales encuentran allí mayores rendimientos que en Europa. Según el Parlamento Europeo, un mercado único completado generaría más de 700.000 millones de euros adicionales en una década. Ese potencial es conocido, pero nadie lo aprovecha.
La burocracia como freno a la innovación
La densidad regulatoria de Europa le cuesta innovación y tiempo. Los permisos para parques eólicos tardan en Alemania entre cinco y diez años; en Dinamarca, con estándares ambientales similares, mucho menos. La Ley de IA de la UE exige certificaciones costosas antes de que se puedan desarrollar productos de inteligencia artificial — los competidores estadounidenses y chinos desarrollan primero y regulan después, o nunca. El símbolo más llamativo fue el reglamento europeo sobre pepinos de 1988, que durante 21 años prescribió el ángulo de curvatura de los pepinos y fue abolido solo después de convertirse en objeto de burla internacional.
Sin ejército común
Según el Instituto de Investigación para la Paz de Estocolmo, SIPRI, los 29 miembros europeos de la OTAN gastaron en 2025 conjuntamente 559.000 millones de dólares en defensa — Rusia, ese mismo año, entre 190.000 y 250.000 millones según la fuente, dado que Moscú oculta parte de su gasto militar. Europa gasta al menos el doble que Rusia y sin embargo genera menos capacidad militar, porque el dinero está repartido entre 27 ministerios de defensa con sistemas de adquisición y normas de certificación distintos. El proyecto germano-francés de avión de combate FCAS lleva funcionando desde 2017, mientras Dassault y Airbus libran una guerra industrial por los porcentajes de trabajo. China y Estados Unidos ya preparan su sexta generación de cazas. La sexta generación europea ni siquiera está en el papel. Sin un ejército común — o al menos un mercado de defensa armonizado — Europa seguirá siendo geopolíticamente muda, sin importar cuánto invierta.
LOS POTENCIALES DORMIDOS DE EUROPA
La verdadera fortaleza económica de Europa no está en los gigantes tecnológicos sino en nichos industriales especializados. Hermann Simon, consultor empresarial y economista alemán, describió este fenómeno con el concepto de Hidden Champions: líderes mundiales de mercado en su nicho que dominan globalmente sin atraer atención pública. ASML, de los Países Bajos, tiene el monopolio mundial de las máquinas de litografía EUV, sin las cuales no puede fabricarse ningún chip moderno. Zeiss, de Jena, domina la óptica científica. SAP, de Alemania, domina el mercado global de software empresarial. Solo Alemania alberga unas 1.300 de estas empresas líderes globales.
Suiza y los países escandinavos desmienten los clichés sobre Europa. Suiza es por decimocuarta vez consecutiva el país más innovador del mundo según el Índice Global de Innovación de la OMPI y sede de líderes mundiales como Nestlé, Roche y Novartis, sin ser miembro de la UE. Suecia ocupa el segundo lugar en ese mismo índice. De una región escandinava de apenas 25 millones de habitantes salieron Spotify, Klarna, Ericsson, Nokia y Skype. El modelo suizo y escandinavo sería perfectamente aplicable para otros países de la Unión Europea — si por fin se reuniera la voluntad política para hacerlo.
En la transición verde, Europa todavía está bien posicionada: Vestas, de Dinamarca, lidera el mercado global de energía eólica marina, seguida de Siemens Gamesa, de Alemania y España — aunque bajo presión creciente de fabricantes chinos que entran a los mercados europeos con precios masivamente subsidiados y amenazan con arrebatarles el liderazgo tecnológico a mediano plazo. Empresas europeas lideran también en electrolizadores para hidrógeno verde. Cuando la UE aprobó en 2018 el Reglamento General de Protección de Datos, Apple, Google y Samsung cambiaron sus prácticas en todo el mundo — no porque la UE los obligara, sino porque el mercado europeo es demasiado grande para ignorarlo. Eso es poder silencioso — pero Europa lo usa mucho menos de lo que podría.
QUÉ DEBE HACER EUROPA
La propuesta de Münkler y muchos otros de una UE de geometría variable — un núcleo operativo de cinco a siete países miembros — es pragmática, aunque lleva ya 30 años formulándose sin haberse puesto en práctica. No hace falta una nueva constitución, sino el coraje de usar por fin los instrumentos de cooperación reforzada que ya existen. La unión del mercado de capitales y el mercado único digital son las medidas individuales con mayor palanca económica.
América Latina: la prioridad estratégica
La tarea exterior más urgente de Europa es buscar nuevas alianzas, sobre todo en el Sur Global — y en particular en América Latina, una región que ha ignorado durante décadas. España y Portugal son puentes culturales hacia las sociedades latinoamericanas que China, con toda su inversión en infraestructura, no puede replicar. El acuerdo UE-Mercosur del 17 de enero de 2026 es un primer paso — pero tratar a América Latina como socio industrial, no como proveedor de materias primas, es la alternativa estratégicamente inteligente. El triángulo del litio — Argentina, Bolivia y Chile — concentra las mayores reservas mundiales; Europa ya obtiene el 78 por ciento de su litio de Chile. Si América Latina fabrica las baterías o solo exporta el mineral, la diferencia es la que hay entre una alianza y una dependencia. Colombia, único país latinoamericano con estatus de socio global de la OTAN, podría ser ese puente.
Europa tiene que contarse de nuevo
Münkler le recomienda a Europa dejar de verse como administradora de un orden mundial que ya pasó — y aceptar que la política de poder volvió a ser una realidad, le guste o no. Draghi lo resumió con precisión en su informe: Europa actuará unida — o se hundirá en la irrelevancia. El tiempo en que podía permitirse la pasividad estratégica sin consecuencias ya se acabó.
A tres estadistas europeos — Lord Palmerston, Otto von Bismarck y Charles de Gaulle — se les atribuye la misma frase: los países no tienen amigos ni enemigos eternos, solo intereses permanentes. Tras treinta años de olvido, ¿podría volver a ser la máxima que guíe la acción de los políticos europeos?

