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Columna

El efecto Barney

“Sin importar el tema o la gravedad del asunto, el requisito es que sea divertido. Un hedonismo narcisista que se revela...”.

Graciela Franco Martínez

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Es imposible olvidar al dinosaurio morado que desde la pantalla enseñó a muchos niños que aprender, limpiar y sacar la basura también puede ser divertido. Sin embargo, la realidad fuera de la pantalla contradice este mandato de diversión. Al salir del mundo mágico de la infancia se esperaría poder despedir al amigo de la tele y comprender que, a veces, cultivar hábitos, aprender o debatir sobre temas complejos puede no ser entretenido, pero sí necesario.

Aun así, nos hemos —o nos han— convencido de que todo puede y debe ser divertido. Hoy buscamos esa diversión en las pantallas de los celulares, y esperamos confirmarla en los primeros segundos de un video. Si no divierte o no “atrapa” desde el principio, no sirve. Si es lento o demanda concentración y esfuerzo, es aburrido.

“Divirtiéndonos hasta la muerte” es el título que escogió Neil Postman para su ensayo publicado en 1985. En él demuestra que el formato de las pantallas, entonces de televisión, no es problemático por ofrecernos entretenimiento, sino por presentar todo como si lo fuera. Desde entonces, las noticias deben ser amenas, las conferencias entretenidas y las reuniones o las clases, “dinámicas”. Sin importar el tema o la gravedad del asunto, el requisito es que sea divertido. Un hedonismo narcisista que se revela en funcionarios que se graban bailando frente al espejo para emitir un mensaje relacionado con su oficio. En el esfuerzo de que todo sea divertido las expresiones humanas se trivializan con frecuencia.

Llevar a la diversión todos los aspectos de la vida cotidiana es parte de la “actitud posmoderna” que Gilles Lipovetsky define en su libro “La era del vacío”, y que se caracteriza por un individualismo por encima incluso de las reglas racionales colectivas. Por supuesto, no se trata de evitar la diversión auténtica que resulta de la comicidad, esta exige un ejercicio interpretativo que apela a la racionalidad. La diversión impostada, en cambio, apela a las emociones, pretende hacer todo más fácil, simple y rápido.

La palabra diversión tiene la misma raíz de diversidad, divertirse es diversificarse, implica distraerse o retraerse para saltar a otra cosa, pero sin concluir lo anterior. La diversión es apresurada, termina por fragmentar la atención y hace imposible la reflexión. Es diferente al gozo que implica deleite, al disfrute con inteligencia que toma tiempo, requiere concentración y genera vínculos. El efecto Barney dificulta entender esa diferencia y comprender que, con frecuencia, lo más significativo conlleva concentración, tiempo y esfuerzo.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

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