Mientras leo La muerte de Sócrates de Robín Waterfield (Ed. Gredos, Madrid, 2011), uno de los más prestigiosos helenistas de la actualidad, no he podido sustraerme a una reflexión sobre la muerte por la manera en que este histórico personaje la afrontó.
No fue esta la única vez que se cuestionó sobre el evento final. Durante el juicio se narra un episodio sucedido en la batalla de Potidea en el año 432 AC donde se pregunta, rodeado de muertos, si es cierto que la muerte es el peor de los males, o si lo es el dolor que los daños provocan en el cuerpo, y continúa preguntando si no es cierto que cuando la muerte por fin llega, desaparece toda sensación de malestar. También la comparaba el nacimiento, cuando concluía que al nacer no somos conscientes de ese evento, pero de morir sí lo somos y por lo tanto debía ser una especie de compensación. «Nadie conoce la muerte, ni tampoco, si es, precisamente el mayor de los bienes para el hombre, pero la temen con certeza como si supieran con certeza que es el mayor de los males».
Sócrates fue el ateo e intelectual subversivo más famoso de Atenas, llegando a ser una amenaza para el orden público hasta llegar a considerarlo un indeseable. Había murmuraciones sobre la influencia que ejerció sobre funestos personajes y la juventud; en general el clima de la ciudad no contribuía a su absolución en manos de los tres acusadores: Meleto, Ánito y Licón. Las acusaciones contra él eran increíblemente numerosas.
Me pregunto si la muerte debe ser entendida como un evento simple de desaparición. El universo y sus componentes son tan complejos que ningún fenómeno natural, por muy natural que lo veamos, es simple. Aunque nuestras convicciones nos sitúen en el deísmo, el ateísmo o el agnosticismo, inclusive en el nihilismo, ¿deberíamos pensar en la muerte como un evento final en la infinitud del universo?, desde luego si al menos consideramos lo infinito. Cuando me refiero a lo infinito, no lo asocio al concepto de muerte en el que nuestros átomos de materia continúen vivos mientras se integran a otros sucesivamente —átomos somos y en átomos nos convertiremos—. Una experiencia tan importante, equiparable al nacimiento, no debería reducirse a tanto, pero como nos han enseñado, la muerte es la interrupción de la vida. Existen analogías teóricas que permiten pensar que, porque solo conozcamos la muerte como el fin de la vida, tenga que ser así. Ejemplo de ello son datos científicos que sugieren que el componente de materia oscura o «masa no visible» del universo es notablemente mayor que la materia visible, las leyes de la física que conocemos no operan de la misma forma en las cercanías de los agujeros negros… del sonido y la luz solo percibimos una parte a través de los sentidos y este descubrimiento fue relativamente reciente. La evidente incapacidad de la ciencia actual para tratar tales fenómenos no significa en absoluto que ello sea imposible. ¿Es la muerte un hecho físico que existe pero que desconocemos su alcance y lo subyacente?
No escribo motivado por un temor obsesivo a la muerte, intentando buscar, al menos, una esperanza en la especulación; si así fuera, estaría anhelando la inmortalidad como una forma de consuelo. Tampoco es válido no pensar en ella como si olvidándola la ahuyentáramos.
Tampoco «perderle el miedo» basados en la esperanza religiosa de una vida más allá; si hay algo después, no será la esperanza de esta misma vida que llevamos convertida en eterna. El evento final —si lo es — debe ser tan complejo como lo es el tiempo y el espacio. Por otra parte, a lo mejor se nos ha concedido una corta vida y negado este conocimiento, según las leyes biológicas y físicas, para que nuestra existencia tenga sentido, para establecer metas, para darle identidad a este primate que somos y nos volvamos más humanos…haciendo poesía… o para que usemos la filosofía para afrontarla con curiosidad cuando esté cercana.
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