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Columna

El privilegio de la democracia

“Nuestro voto no debería depender de derecha, de izquierda o de centro, sino de la confianza que tengamos en un proyecto político...”.

Diana Martínez Berrocal

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Cuando cumplí 18 años no cabía de la felicidad, pues no había una cosa que anhelara más, que ser ciudadana y ejercer los privilegios de la democracia. Y digo privilegios, porque mi abuela decía que solo quienes han vivido bajo el yugo de una dictadura, saben la importancia que tiene la democracia y la valoran aún con sus defectos. Además, decía que una cosa muy distinta era la vida como vasallaje y otra como participación política.

Ese año, el de mis 18 abriles (ad portas de elecciones presidenciales), vi en la televisión una propaganda donde aparecían las caras de los tres candidatos que aspiraban en ese entonces a ser presidentes de la República, y debajo de sus rostros, la siguiente pregunta: “¿Con quién dejará usted a sus hijos esta noche?”

Era una excelente propaganda, porque cualquier padre o madre que tenga que salir de noche, solo dejaría a sus hijos con alguien en quien realmente confíe. Por lo tanto, esa respuesta ejemplifica la que debería ser la motivación de nuestro voto: confianza en el que elegimos. Y desde entonces, esa ha sido la razón por la cual le rayo la cara a un candidato.

Nunca he militado en un partido político, ni me gusta definirme a partir de una postura que lleve el sufijo ‘ista’: Izquierdista, Derechista, Uribista, Petrista..., porque generalmente ese ‘ista’ se aplica a quienes siguen a una persona o una idea casi como un acto de fe; como borregos que obedecen a una voz de mando sin ningún tipo de pensamiento crítico.

No es la polarización la que le hace daño al debate político, sino el fanatismo (venga de donde venga). Ese apasionamiento desmedido en la defensa de una ‘doctrina’ que recitan quienes se presentan ante el “pueblo” como los redentores. Pero eso sí, descalificado cualquier tipo de cuestionamiento o planteamiento diferente; incluso, son capaces de instrumentalizar la violencia para imponer ‘su verdad’, que es la única valida. Y lo más curioso es que todas esas posturas, a su turno en el poder, han caído exactamente en los mismos vicios que le criticaban a los otros. Y entonces se sacan sus trapitos, sus delitos, sus tweets. Como quien dice, es la misma muñeca (de la corrupción, del clientelismo, del oportunismo...), solo que con diferentes vestidos.

Pero no debemos ver esto desde la fatalidad. Estamos en una democracia, y la democracia no sirve para quejarse de los políticos, sino precisamente para reemplazarlos por otros. Aquí la pregunta no es, ¿qué va a pasar?, sino ¿qué vamos a hacer?. Por eso, nuestro voto no debería depender de derecha, de izquierda o de centro, sino de la confianza que tengamos en un proyecto político incluyente y viable que nos inspire a soñar colectivamente en un mejor país; pues será con ellos con quien dejaremos a nuestros hijos por la noche.

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