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Columna

Memorias efímeras

“Quizás estamos siendo testigos del nacimiento de una nueva era oscura, una donde lo registramos todo, pero no logramos conservar nada”.

Tania Lucía Cobos

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Hace apenas tres décadas, los primeros periódicos desembarcaron en la web. Corrían los años 90, la promesa era un espacio infinito para contar historias, interactivo, multimedia y de acceso inmediato desde cualquier geografía, que nos liberaba de la incomodidad de ejemplares amarillentos y polvorientos apilados en las bibliotecas. Hoy, si intentamos buscar alguna noticia de esa época, en el mejor de los casos la respuesta será un Error 404: No encontrado; en el peor de los casos, el redireccionamiento a un sitio moderno que ha decidido borrar su propio pasado.

En 1994 se lanzó GeoCities, plataforma pionera para sitios web personales; 15 años después, en 2009, cerró llevándose consigo miles de historias de ciudadanos de a pie. En 2005, Yahoo! Respuestas se convirtió en el gran oráculo de dudas de toda índole; su cierre en 2021 significó el borrado de un inmenso acervo de conocimientos y sabiduría popular. Hoy, nuestra memoria se construye en la ‘Nube’ de Facebook, Instagram, YouTube, de WorPress y Blogger, e incluso Dropbox, OneDrive y Google Drive; y se acumulan cada año volúmenes de datos difíciles de dimensionar; pero las plataformas cambian sus algoritmos y sus modelos de negocio. Lo que hoy es accesible, mañana deja, literalmente, de existir.

El problema va más allá, ¿cuántos documentos y fotografías desaparecieron el día en que el hardware, sea computador, PC, teléfono o tableta, se averió? Podemos extender esto al software, ¿llegará un momento en que los programas dejen de leer la sintaxis de un archivo JPG, un PDF o un MP3? El patrón es el mismo, repositorios de memorias cotidianas que desaparecen de golpe, en muchos casos, para siempre. Entonces comprendemos que lo digital es, por naturaleza, efímero.

Vivimos en una época en que la humanidad registra su existencia como nunca y, asimismo, la pérdida de la memoria histórica personal y colectiva no tiene precedentes. Tenemos aún los tallados en piedra de los romanos, los códices de la Edad Media, los periódicos impresos en la Segunda Guerra Mundial, el álbum de fotos de los abuelos, pero un muy buen disco duro probablemente no supere los 10 años. Los soportes para lo digital están pensados para el presente, no para la posteridad.

Han surgido iniciativas como Wayback Machine, una biblioteca digital cuyo objetivo es preservar la historia de la web. También, máquinas en centros comerciales que permiten imprimir fotografías digitales almacenadas en algún dispositivo; y otros han optado por volver imprimir en papel información extremadamente valiosa, pero esto no es suficiente. Quizás estamos siendo testigos del nacimiento de una nueva era oscura, una donde lo registramos todo, pero no logramos conservar nada.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

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