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Columna

Vespucio no se llamaba Américo

“Vespucio no le pudo haber dado el nombre a ‘América’ porque él no se llamaba Américo, sino Alberticus...”.

Diana Martínez Berrocal

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Las abuelas de mi época bordaban en punto de cruz, tejían camisillas para los nietos y rezaban rosarios en cadena. La mía, era completamente diferente. Ella recitaba con apasionante precisión a Machado, Neruda y Becquer. Devoraba libros que subrayaba con un lápiz mongol No.2. Veía el canal alemán y escuchaba las noticias del mundo con un radiecito que mantenía pegado en su oreja. Amaba la política y la historia. Y se sabía el origen etimológico de todas las palabras.

Hace muchos años, en un salón de clase del colegio de Monjas donde yo estudiaba, la madre Rubiela, con tiza en mano, nos explicó el origen de la palabra “América”, y dijo que venía del nombre del español “Américo Vespucio”. Automáticamente yo levanté el brazo. La monja se colocó las gafonas negras que le colgaban de una cadenita sobre el pecho de su sotana y me miró fijamente.

——Diga, señorita Martínez—— Me dijo en tono despectivo.

——Madre, disculpe, pero la palabra “América” no viene del nombre de Américo Vespucio, porque él no se llamaba Américo, sino Alberticus. Viene de la palabra indígena: “Americ”. —— Le dije con gran seguridad, pero también con gran susto.

La monja caminó hacía mi pupitre y se agachó, mirándome con los ojos agrandados por el aumento de sus lentes. Y señalándome con el dedo me dijo: ¿De dónde sacó usted semejante barbaridad?

——Lo descubrió mi abuela—— Le dije agachando la cabeza.

——Aquí lo único que acaba de descubrir su abuela es el uno bien grande que yo le voy a poner a usted por atreverse a contradecir la historia y repetir semejante locura—— Dio media vuelta soltando una risa sarcástica y fue directo a su libreta; me puso un largo uno en lápiz rojo y desde allá me lo mostró diciéndome que le saludara a mi abuela. Todas mis compañeras soltaron la risa.

Siendo miembro de la Academia de Historia de Cartagena, mi abuela, en unión con otros historiadores, realizaron un trabajo de investigación donde evidenciaron que Vespucio no le pudo haber dado el nombre a “América” porque él no se llamaba Américo, sino Alberticus. Y tampoco pudo haber sido bautizado como “Américo”, porque ese nombre no hacía parte del Santoral Católico. Y ningún niño podía ser llevado a la pila bautismal si el nombre no se encontraba debidamente registrado en ese libro. Decía la investigación (publicada en 1990 en este mismo periódico) que el nombre “América” viene de una voz Maya: “Americ”, que traduce “Tierra del Oro”. Y fue la primera palabra que esos hombres, sedientos de oro, escucharon de los nativos; ya que ellos señalaban diciendo “Americ” para indicarles a los españoles los lugares donde se encontraban los grandes yacimientos del apetecido metal.

La confusión se presentó porque Alberticus Vespucio, a la palabra “Americ”, le agregó la letra “o” para que fuera sonora en su idioma español, y con el seudónimo “Américo Vespucio” firmaba las cartas que enviaba a España reportando los hallazgos en el nuevo continente.

Fue así como concluyó mi abuela que los historiadores deberían dejar claro ante el mundo el que se puede considerar el mayor error histórico en materia de nombre. Y estoy de acuerdo, porque quizás así yo me hubiese salvado de que la monja Rubiela me pusiera ese uno y mis compañeras se burlaran de mí.

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