Hace cien años, en contra de la voluntad de su autor, sale a la luz la novela ‘El proceso’. Franz Kafka, antes de morir, había decidido que fueran quemados los manuscritos en los que plasmaba el absurdo y la alienación del mundo que observaba directamente y a través de su profesor Alfred Weber (sí, hermano del sociólogo Max Weber), gran estudioso de la sociedad industrial. De la aguda crítica y su escritura directa surge el adjetivo kafkiano, que parece estar calificando muy bien nuestros tiempos.
Pocos escritores como Kafka suscitan críticas tan diversas. Hay quienes rotulan sus novelas y cuentos bajo el surrealismo. Otros hablan de una tragicomedia que traiciona lo cómico, pues terminan sus personajes asfixiados en la desesperanza. En lo que parece haber un consenso es que el absurdo kafkiano tiene unos inquietantes vínculos con la realidad.
‘El proceso’ es la historia de un personaje con un nombre a medias: Josef K. Nunca conoceremos su apellido y él nunca conocerá los motivos de su detención. Su proceso judicial se extiende al infinito y nunca nadie le puede dar razón de su destino, que, sabemos ya, no irá a ninguna parte. Leer la novela es vivir la desesperación que siente el protagonista por no tener ningún control sobre su vida. Se puede sentir la opresión y la angustia de K. No es una lectura de placer, es una lectura de catarsis, que es hoy más necesaria que nunca. En una de las cartas que Kafka le escribió a su amigo Oskar Pollak, decía que solo debemos leer “libros que muerdan y arañen”, los libros que nos hacen felices son, para Kafka, totalmente prescindibles, pues el libro debe ser “el hacha que quiebre el mar de hielo que hay dentro de nosotros”.
Lo kafkiano, más que una simple situación absurda, es la sensación opresiva en medio de una opacidad en la que no se muestran las verdaderas razones o no se conocen los verdaderos rostros del poder que aplasta y absorbe a quienes lo padecen. Hoy, cien años después, la lectura de la obra de Kafka puede ser un antídoto contra la alienación y la normalización de lo absurdo.
En este siglo, que parece estar repitiendo con otras formas el siglo pasado, el aniversario para celebrar la novela empieza a parecer un presagio alarmante. La década de 1920 vivió una pandemia, la euforia de la posguerra y el ascenso del fascismo. El nazismo se incubaba al calor de una sociedad que aplasta personas como los personajes anónimos de Kafka. Hoy, cien años después, y después de prometer en la pandemia que nada volvería a ser igual, parece que empiezan a germinar ideologías de supremacismo y nacionalismos extremos. Y ahí está la literatura para advertir del peligro.
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