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Columna

Las emociones y la tecnología

“Como ciudadanos digitales, debemos reconocer y vigilar qué tanta información personal estamos compartiendo...”.

Sonia Contreras Ortiz

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Hoy es casi inevitable usar dispositivos electrónicos para actividades cotidianas como comunicarnos, jugar, hacer compras, ejercitarnos, trabajar o estudiar. Es por ese motivo que, como ciudadanos digitales, debemos reconocer y vigilar qué tanta información personal estamos compartiendo en nuestro día a día.

Sin darnos cuenta, las empresas y compañías tecnológicas recogen información sobre nuestras preferencias, intereses y otras características que definen quiénes somos y cómo nos sentimos. Pueden, incluso, registrar información sobre nuestras emociones; y su uso ético es, en ocasiones, cuestionable.

Las emociones son estados afectivos que surgen como respuesta a estímulos que percibimos e interpretamos de acuerdo con experiencias previas. Se manifiestan, muchas veces de forma involuntaria, a través de diversas reacciones físicas (como los gestos, palabras o movimientos) y fisiológicas (como la frecuencia cardíaca, la sudoración de la piel o el tono muscular). La captura y el análisis de estas señales es posible gracias a los avances en tecnologías como los sensores y dispositivos biomédicos. La información recabada mientras usamos el celular a través del reconocimiento facial o con nuestras publicaciones en redes sociales, o con monitores de actividad física tipo smart-band, puede procesarse y usarse para entrenar modelos de inteligencia artificial y así reconocer automáticamente nuestras emociones.

Los riesgos están allí presentes. Con información de las emociones de las personas es posible generar dependencia a ciertas aplicaciones como juegos o redes sociales, manipular las opiniones de las personas, o incluso, incitar a comportamientos violentos. Sin embargo, otros fines son más prometedores: en el ámbito educativo, por ejemplo, estas tecnologías permiten evaluar metodologías de enseñanza y aprendizaje y hacer seguimiento a la motivación de los estudiantes; en redes sociales, usarse para personalizar contenidos o para diseñar mejores estrategias de mercadeo; y en entornos laborales, para identificar estrés y fatiga en los trabajadores y prevenir accidentes.

Reconocer las emociones propias y de los otros permite construir relaciones interpersonales y promover habilidades como la empatía, la resolución de conflictos y el trabajo en equipo. Por ello, es clave para la convivencia, el bienestar y el éxito de las personas y organizaciones. Sin duda, la tecnología puede ayudarnos a alcanzar estos objetivos, pero no podemos perder de vista la importancia del cuidado de nuestra información y velar que esta se use de forma ética.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Decana de la Escuela de Ingeniería, Arquitectura y Diseño, UTB.

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