Algún malandrín de sus 24 compañeritos puso una puntilla en la silla del profesor. Este saltó más furioso por la burla y más adolorido en su orgullo que por el pinchazo en su nalga derecha. Rubicundo y energúmeno, luego de gritos y prolongados silencios sin que apareciera el bellaco delincuente, el profesor decretó un gigantesco castigo para todos. Los 24 inocentes compañeros aceptaron ser culpables por asociación. La Biblia y el Corán coinciden en que el diluvio universal y la destrucción de Sodoma y Gomorra fueron castigos por una culpa colectiva en los cuales, con seguridad, de manera indiscriminada cayeron justos y pecadores.
Terminada la segunda guerra mundial, el mundo descubrió lo que no quiso ver: el holocausto judío. El genocidio fue usado como arma de venganza para producir vergüenza en todo alemán. Ese veredicto de “culpable” incluyó inocentes por ignorancia, algunos que hicieron resistencia al nazismo y claro, también, Hitler, los nazis, la elite gobernante y aquellos que se beneficiaron del exterminio sistemático. La culpa colectiva fue una campaña de los vencedores para convencer al mundo y castigar al pueblo alemán de que el genocidio cometido por varios miles fue ejecutado por toda la nación en una perversa asociación para delinquir.
Igual ocurre con crímenes e injusticias que algunas sociedades aceptan, toleran o hacen de la vista gorda cuando sus líderes los cometen, promueven o ejecutan. La responsabilidad puede ser de todos, pero la culpabilidad debería ser individual. Eso ha pasado, entre otros, con el genocidio palestino en castigo por unos pocos terroristas de Hamás.
Algunos líderes promueven la culpa colectiva entre grupos sociales o políticos y los hacen responsables de la pobreza extrema, de la violencia fratricida, de la destrucción del sistema de salud, del desempleo, del caos imperante y de todos los males, cuando esta claro que la responsabilidad es de la corrupción, de un nefasto liderazgo y de algunos manipuladores que, siendo oposición, ascendieron durante décadas por las escaleras de la democracia sin rubor alguno y luego, cuando se convierten en gobierno pretenden destruirla porque funciona y ya no sirve a sus oscuros intereses. Entonces quieren repartir como culpa colectiva la anarquía actual cuando son ellos, con su crasa ineptitud, los principales responsables. Y si a todos nos cabe alguna culpa colectiva y una vergüenza nacional es haber permitido que llegaran al poder desconociendo una hoja de vida en que una radical y destructiva oposición no garantizaba un liderazgo constructivo. Lo decía Víctor Frankl: “Cuando no podemos cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”.
