El debate sobre tener o no hijos no debería centrarse en juicios morales ni en críticas sin fundamento. Sobre todo por estos tiempos, en los que las bajas tasas de natalidad llevan a muchos a decir que los jóvenes adultos son “egoístas” por no querer tener hijos. Se trata en esos casos de una visión simplista de un panorama complejo en el que influyen múltiples factores económicos, sociales y psicológicos.
Según el DANE, en Colombia los nacimientos se redujeron cerca de 11% entre 2022 y 2023. Otros países, como España o Japón, registran tasas de fertilidad de 1,3 y 1,2 hijos por mujer, respectivamente (muy por debajo del umbral de reemplazo generacional, que se sitúa en 2,1). Estas cifras indican que, si la maternidad y la paternidad se asumían como roles casi inevitables de la vida adulta, hoy las nuevas generaciones —con más acceso a educación y una mayor conciencia individual y colectiva— perciben un entorno que no siempre favorece la calidad de vida.
No es cierto que “los niños llegan con el pan debajo del brazo”, como comúnmente se cree. La realidad económica de Latinoamérica se caracteriza por condiciones laborales inciertas, alto costo de vivienda y falta de seguridad social. Alcanzar una estabilidad económica ya es todo un desafío, pero al sumar la violencia y las crisis globales, el resultado es un panorama que refuerza la percepción de que tener hijos puede ser arriesgado o incluso irresponsable.
Más aún si, tal como lo afirman estudios recientes, criar un hijo hasta la mayoría de edad puede costar entre COP 500 y 700 millones, luego de considerar la educación, la alimentación y otros gastos básicos. Esto es por no mencionar la salud mental de los futuros padres: tiempo, paciencia, redes de apoyo y cierta estabilidad emocional son imprescindibles para no perpetuar patrones de crianza poco saludables.
Tampoco se trata de dejar atrás a aquellas parejas que sí desean tener hijos, pero que enfrentan obstáculos que se lo impiden. Para cerca del 15% de las parejas en edad reproductiva en Colombia que experimentan dificultades para concebir de manera natural, los tratamientos de fertilidad (con una probabilidad de éxito inferior al 40%) pueden costar entre COP 10 y 30 millones.
Es claro que cada postura está respaldada por circunstancias personales, sociales y económicas que la sociedad y el Estado tienen la responsabilidad de considerar. Por ello, políticas que fortalezcan el bienestar económico, que fomenten la equidad social y que faciliten el acceso a tratamientos de fertilidad y adopción, permitirán a cada persona elegir libremente su camino, sin presiones externas ni barreras imposibles de sortear.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
