Existen obras literarias que a pesar de su calidad narrativa e interés temático son poco conocidas entre los lectores. El fenómeno ocurre a nivel universal como resultado de políticas editoriales excluyentes, el mercantilismo del sector y, en otros casos, por la propia decisión de sus autores de limitar sus mercados.
Uno de los libros que acabo de leer no se encuentra en las librerías y bibliotecas de Cartagena y de Colombia, pero paradójicamente circula con aceptación entre el público español. Se trata de “Feliz, vida maldita”, del arquitecto y escritor cartagenero Gabriel Rodriguez Osorio. Por cortesía de su autor, llegó a mis manos uno de los pocos ejemplares impresos en el país, y su lectura me dejó gratamente sorprendido por tratarse de una historia bien contada, entretenida, profunda y reflexiva.
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Publicada por la editorial Letrame en 2024, y distribuida por Amazon y otras plataformas digitales, la obra de 248 páginas, distribuida en 76 breves capítulos, aborda desde la ficción los orígenes y evolución de una familia cuyos varones estaban marcados por el fracaso y la tragedia, pero con facultades excepcionales para complacer y ser complacidos por las mujeres de su entorno.
Más allá de la sinopsis, la novela entrelaza lugares, historias, sentimientos, emociones y realidades sorprendentes. Los acontecimientos transcurren de manera alternada en Cartagena de Indias, Cuba, París o Italia, y son marcados musicalmente a ritmo de porro, son, salsa y música clásica.
La historia cautiva por la descripción de paisajes naturales, la innegable influencia del realismo mágico del que surgen bulliciosos canarios y azulejos capaces de interpretar sentimientos para coincidir en sus silencios, huesos de antepasados que representan historias repetidas y hombres que se hacen invisibles por condición natural de familia para eludir dificultades.
Los lectores transitan entre páginas desde emblemáticos teatros en Milán, hasta el submundo de las drogas y la mendicidad en París; por los placeres furtivos en los prostíbulos de Tesca o por los mausoleos en mármol de Carrara en el cementerio de Manga en Cartagena.
La saga familiar se nutre de episodios biográficos de su autor, de experiencias y vivencias en los tiempos de infancia en el barrio El Cabrero, cuando este era una sola calle y se parecía a Macondo; como miembro del equipo organizador del Festival de Música del Caribe, de su residencia por varios años en los Estados Unidos, donde hizo parte del círculo cercano de reconocidos salseros de los años 90; en los viajes de exploración por Europa, y cuando ejercía a plenitud su afición que aún conserva por el bolero.
Esta novela tiene las condiciones necesarias para ocupar un espacio en cualquier biblioteca pública, privada o personal y ser referente de lectura en instituciones escolares. Ojalá más temprano que tarde quienes tienen el poder para las decisiones editoriales en Cartagena y en el país le concedan ese honor al autor y a un mayor número de lectores.
*Escritor y asesor en comunicación política y de gobierno.