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Columna

La Popa que respiramos

“Sin exagerar, la probabilidad de que todo cartagenero respire un poco del cerro es bastante alta…”.

JESÚS OLIVERO

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Luego de las lluvias, el agua que baja de La Popa arrastra su suelo y lo deposita en las calles aledañas. Cuando el sol vuelve a brillar, el polvo seco es convertido en pequeñas partículas al pasar los vehículos, los cuales a su vez las suspenden en el aire, llegando al interior de nuestro cuerpo de forma silenciosa, pero segura. Gran parte de este polvo, conocido como material particulado de 10 micras de diámetro (PM10), alcanza lo profundo de los pulmones, desde donde promueve procesos inflamatorios que nos hacen más susceptibles a las enfermedades.

Sin exagerar, la probabilidad de que todo cartagenero respire un poco del cerro es bastante alta. Las hojas de sus árboles, además de remover el dióxido de carbono emitido cuando respiramos, el generado por los automotores y todo aquello que consuma combustible fósil, también remueven las partículas PM10 del aire y nos regalan oxígeno para respirar. Y como si fuera poco, la vegetación que alberga disminuye de manera significativa la alta sensación térmica que padecemos.

Cada lluvia y cada viento desmorona la Popa a pedazos, y nadie parece tomar en serio las amenazas de derrumbe, ni siquiera los que habitan el convento, quienes brillan por su silencio. Mientras tanto, en sus laderas ya existen terrenos con pastos, cultivos de plátano y asentamientos que no son solo invasiones, hay construcciones “legales” en la cima, seguramente avaladas por permisos que desafían la lógica y la geología. Desconocer la fragilidad del cerro, desatenderlo, pero sobre todo explotarlo a tutiplén, es jugar a la ruleta rusa con la población.

Los sedimentos, casi siempre cargados de rocas, bajan y terminan en la ciénaga de la Virgen, un humedal vital, igualmente olvidado, que recibe también aguas servidas y desechos urbanos. Con cada proceso de erosión en La Popa, la ciénaga pierde profundidad y disminuye su capacidad de generar alimento. El polvo que respiramos, los basureros interminables de la Perimetral, el manglar que muere por invasiones de los de cuello blanco, todo está conectado, aunque la urbe actúe como si fueran problemas distintos.

No podemos seguir pensando en este recurso como un simple lugar turístico. Debemos mirarlo como una oportunidad de lujo para adaptarnos al cambio climático. Una de las herramientas que posee el distrito para contrarrestar los retenedores de calor, llámense canchas deportivas, parques sin árboles o espacios vacíos como los que están creando en el Parque Espíritu del Manglar, es a través de techos verdes. Tenemos uno gigante en el ombligo de la ciudad, pero carecemos de la lucidez para apreciar su valor y defenderlo, solo seguimos indiferentes hasta verla desplomarse sobre nosotros.

Recuperar La Popa es prioritario y debe hacer parte integral del Plan de Ordenamiento Territorial. Necesitamos abrir los ojos hacia lo importante para el bienestar de los ciudadanos. Malecones y estadios tendrán alguna utilidad, pero debemos enfocarnos en cuidar la ciudad, mantener activos los servicios ecosistémicos que brinda La Popa es vital para enfermarnos menos, lo cual a su vez significa escapar a la asfixia de la pobreza extrema que enfrenta Cartagena.

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