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Columna

“Educados” por la IA

“En ese despliegue, el estudiante usa la herramienta para mejorar su proceso y la evaluación preserva el criterio humano...”.

Julio Gómez Mora

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No todos tienen que ser doctos. El uso de la razón puede atarse a normas o ser libre, según sea privado o público y, por tanto, no necesariamente ilustrado. Un parafraseo atrevido de Kant para afirmar que aprender es una decisión personal; una que no todos quieren tomar. El circunloquio se conecta, finalmente, para abordar la relación entre educación e Inteligencia Artificial (IA): la ilusión del facilismo, la preocupación por las evidencias trucadas, las inusitadas ventajas y oportunidades. ¿Cara o sello? La paradoja es que la moneda no deja de girar.

Una escena que ya es común: el profesor, primer acto, encarga a la IA la preparación de la clase y el diseño de las actividades. El estudiante, acto dos, solicita a la IA que ejecute indicaciones y haga el trabajo. El profesor, acto seguido, pide a la IA que evalúe y asigne la calificación. Se cumplen los ritos: lecciones, tareas, evaluaciones. Es apariencia. Al bajar el telón, se diluye la ilusión y se ve el fondo vacío. La educación pasó, pero no sucedió; transitó por fuera de sus reales protagonistas. Teatro sin cabezas. La distopía educativa.

No siempre es así. Hay otras obras con mejor puesta en escena: el profesor atiende con rigor los propósitos educativos, hace curaduría crítica de materiales y con la IA, como asistente controlado, genera borradores que ajusta y concibe actividades que no se resuelvan con un par de clics. En ese despliegue, el estudiante usa la herramienta para mejorar su proceso y la evaluación preserva el criterio humano y la responsabilidad institucional.

Disponibilidad y apropiación no son lo mismo. La IA está accesible pero su apropiación implica transformar ese acceso en práctica profesional, en hábitos de pensamiento y aplicación de criterios. Ello implica formación docente, marcos claros de uso, reflexión permanente y lineamientos que garanticen transparencia y responsabilidad.

Cuando la IA se concibe solo como ahorro operativo, la educación pierde fricción cognitiva: el choque con la dificultad que refina el juicio, la resistencia que obliga a argumentar, el error que obliga a revisar supuestos. Si, en cambio, la IA se integra como amplificador de capacidades, puede ampliar la autonomía ilustrada y liberar tiempo para crear a partir de la comprensión real de los conceptos esenciales.

La IA puede inclinar la balanza hacia el facilismo o hacia la emancipación. Depende de la escena que se elija montar: una función de apariencias impecables o una escuela donde se ensaye, con rigor y riesgo, el pensar por sí mismo. La moneda seguirá girando, pero la dramaturgia queda en manos de quienes diseñan la educación. Ojalá lo hagan desde criterios de transparencia, verificación y tareas que hagan pensar… a los humanos que tomen la firme decisión de aprender.

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