Columna

La canción que sostiene al pueblo

“El vallenato es más que melodía: es un orden social que mueve afectos, economía y creencias…”.

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Juan Sebastián Rodríguez
11 OCT 2025 - 12:00 AM

En la región Caribe, el vallenato no es solo música: es la memoria viviente del pueblo. Cada canción guarda el alma, sus caminos, sus familias y su fe. Como en aquella joya costumbrista de José Hernández Maestre llamada “El encargo”, donde un hombre le encarga a un amigo que lleve un mensaje de amor desde Rioseco hasta Patillal. El vallenato es más que melodía: es un orden social que mueve afectos, economía y creencias.

“Fello Fuentes, tú que viajas de Rioseco a Patillal, me le vas a llevar un regalo a María Ester, me le vas a hacer saber que voy el fin de semana, sábado por la mañana o en la tarde puede ser”, dice la canción. En esos versos sencillos se esconde toda una red de vida: el mensajero, el poeta, el enamorado, los amigos del camino y el compromiso que amarra un acuerdo. Es un retrato perfecto del Caribe que comercia con afecto, que intercambia favores y regalos como si fueran oraciones. Allí el valor no se mide en dinero, sino en confianza, palabra y música.

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El vallenato nació así, entre campesinos que aprendieron a convertir la rutina en poesía, canto y mensajes. Cada viaje y cada compromiso tenía un sentido comunitario. Esa era, sin saberlo, una forma de economía solidaria: el intercambio cultural y emocional que sostenía la vida cotidiana. Hoy, esa tradición sigue generando riqueza, aunque a otro ritmo.

Pero el vallenato también tiene su raíz en la fe. En sus letras, Dios no es un concepto lejano, sino un compañero de viaje. Se le canta con la misma naturalidad con que se menciona a un amigo del pueblo. Esa espiritualidad cotidiana, sin solemnidad, mantiene viva la esperanza incluso en tiempos de escasez. En el Caribe, se ora cantando, se trabaja bailando y se agradece viviendo. “Se me pasó la vida soñando y sin darme cuenta, a veces siento tristeza, pero qué va, cantando se me olvida”, anota Leonardy Vega; “También se canta llorando las penas del corazón”, menciona Tobías Enrique Pumarejo, y “Vea que Dios tarda pero nunca olvida, rodando se miran las cosas más altas”, dice Marciano Martínez en una canción.

Por eso, el vallenato, la economía y Dios son parte de una misma canción: la del pueblo que no se rinde. Cuando José Hernández menciona a Albertico Daza, a Julito, a la morena que Joaquín no conoce, no solo hace memoria: levanta un mapa afectivo de una región que todavía se sostiene en los lazos humanos. Esa red de trabajo, fe y música es la que mantiene nuestra región.

Apoyar al vallenato no es solo preservar un género musical: es fortalecer la economía cultural y popular, honrar la fe popular y recordar que el amor, el trabajo y la amistad siguen siendo las mejores riquezas de esta tierra donde, mientras suene un acordeón, una guitarra, una guacharaca y una caja, Dios nunca dejará de acompañarnos.

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