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Columna

El racismo vestido de protocolo

“Lo que debía ser un espacio de disfrute colectivo terminó exponiendo el racismo estructural que se normaliza en la ciudad…”.

ARMANDO CÓRDOBA

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Cartagena vuelve a mirarse en un espejo incómodo. Lo ocurrido en el bar El Pasquín de Joaco, donde a un grupo de jóvenes negros se les negó la entrada con el argumento de incumplir el “dress code”, muestra cómo el racismo continúa camuflado bajo normas de aparente elegancia. Mientras turistas blancos ingresaban con ropa similar, a los jóvenes cartageneros se les cerró la puerta. Como dijo uno de los afectados: “En Cartagena no existe un dress code, sino un color code”. El hecho no fue una simple arbitrariedad comercial, sino una vulneración a derechos protegidos por la Constitución, la ley y la jurisprudencia que prohíben toda forma de discriminación racial en el acceso a bienes y servicios.

Resulta aún más contradictorio que un establecimiento que celebra “brunch costeños” y lucra de los símbolos de la cultura afrocaribeña sea el mismo que margina a quienes la crearon. El Pasquín de Joaco toma su nombre de una figura histórica que representaba la crítica popular y la voz de los marginados; sin embargo, terminó convertido en escenario de exclusión. Lo que debía ser un espacio de disfrute colectivo terminó exponiendo el racismo estructural que se normaliza en la ciudad.

Pero este no es un hecho aislado. Hace pocos días, una sentencia judicial ordenó al alcalde de Cartagena pedir disculpas públicas a dos mujeres negras a quienes funcionarios distritales impidieron el paso al Centro Histórico bajo el supuesto de un operativo de control. La justicia concluyó que fueron víctimas de discriminación racial y de género, recordando que los prejuicios que asocian a las mujeres negras con el trabajo sexual siguen operando en el corazón institucional.

Cartagena es una ciudad edificada por manos negras, pero gobernada históricamente a espaldas de ellas. El racismo estructural se refleja en la pobreza, la desigualdad educativa y la inseguridad que golpea con más fuerza a los barrios negros. Nuestros niños y jóvenes, en sectores populares mayormente negros, por falta de oportunidades terminan más expuestos al reclutamiento de bandas o al abandono estatal, reproduciendo ciclos de exclusión. Mientras tanto, la Política Pública de Inclusión para la Población Negra, adoptada por el Acuerdo 012 de 2012 y vigente hasta 2033, sigue siendo un saludo a la bandera: existe en el papel, pero no en las calles.

Superar el racismo en Cartagena no pasa por declaraciones simbólicas, sino por decisiones políticas firmes que garanticen igualdad real. La dignidad no puede depender del tono de piel ni del precio de la entrada. Cartagena será libre cuando el único código que determine quién puede entrar o ser parte no sea el de “vestimenta”, sino el de la humanidad compartida. Hasta entonces, el verdadero código que seguirá rigiendo será el del color de piel.

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