Comencemos por una percepción: cuando propongo formas de profundizar el gobierno democrático en comunidades y organizaciones, a menudo siento que son recibidas con escepticismo. Esa actitud es comprensible, pues la práctica de la democracia en nuestro país, así como el deterioro de las democracias a nivel global, deja mucho que desear. Aun así, también percibo cierto escepticismo, quizá desdén, hacia las capacidades del común de la ciudadanía para gobernarse a sí misma.
Es cierto que nuestra comunidad política todavía manifiesta rasgos de lo que los politólogos Gabriel Almond y Sidney Verba llamaron “la cultura política del súbdito”, y que falta mucho trabajo en el desarrollo intencionado de una cultura cívica, de una ciudadanía que se apropie de la igualdad política como idea central de la democracia. También es cierto que nos falta avanzar mucho en educación ciudadana y en las competencias requeridas para la adecuada comprensión de complejos asuntos públicos.
Pero tal evolución cultural y ese desarrollo educativo dependen de que logremos generar un círculo virtuoso de diseño institucional, desarrollo económico y desarrollo humano que permita que la mayoría de nuestros conciudadanos cuente con las garantías de derechos y de condiciones materiales que les permitan ejercer de manera creciente una ciudadanía efectiva. Es clave recordar aquí la visión de Alexis de Tocqueville: la democracia reposa sobre la idea de la perfectibilidad del ser humano.
Dicho lo anterior, también necesitamos una comprensión más compleja y profunda de lo que la democracia es. Nuestra visión estrechamente occidental de la democracia nubla el ideal universal -presente en todas las culturas, como lo ha mostrado Amartya Sen- del gobierno por discusión. Para nosotros, democracia es salir a votar cada tantos años, pero la verdadera esencia de la democracia debe vivenciarse en nuestra cotidianidad: en las conversaciones y debates públicos que, como ciudadanía, políticos, gobernantes y representantes, tenemos la responsabilidad de dinamizar y, sobre todo, cuidar.
El corazón de la democracia es la deliberación atenta, respetuosa, razonada y abierta de la ciudadanía. Eso lo saben bien quienes, con sus palabras, dinamitan la ética discursiva desde sus posiciones de poder mediatizado. Creer en la democracia es creer en la perfectibilidad de nuestra humanidad compartida, pero también es asumir el compromiso de abrir, con cuidado y persistencia, más y mejores espacios y procesos de conversación genuina, de democracia deliberativa.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
*Profesor de la Escuela de Negocios, Leyes y Sociedad, UTB.

