En México no se abraza solamente. En México se apapacha. Y no es lo mismo. Apapachar es un abrazo con el alma, una forma distinta de encuentro, una manera de decir sin palabras: aquí todo está bien. Si acudimos al Diccionario de Americanismos, “apechichar” se ubica en el consentir, en el mimar. Pero el apapacho va más allá.
La palabra proviene del náhuatl y su sentido es tan simple como profundo: “un abrazo que envuelve el alma”. Una caricia que no aprieta, que no exige, que no mide. Una caricia que acompaña.
Al volver las miradas a “La sociedad del cansancio”, surge una pregunta inevitable: ¿en qué momento el vivir se convirtió en un rendir que sea exhausto y que se convierte, con él, en un cansancio hastiante? Pasamos de una sociedad de normas, límites y controles externos a una cultura del desempeño permanente, del “todo se puede”. Pero esa transformación no nos liberó; nos volvió más duros con nosotros mismos.

La ilusión de una seguridad sin estado
Yezid Carrillo De La RosaYa no hay un jefe que oprima. Ahora somos nosotros. Exigiéndonos más, produciendo más, rindiendo más. La presión dejó de venir del exterior y se instaló en nuestro interior.
Los gimnasios están llenos, las bibliotecas vacías. Lo anterior no es gratuito. Considero que los grandes emporios industriales —esas menos de diez familias todopoderosas y ricas que dominan buena parte del mundo— contratan ejércitos de tecnócratas, terapeutas y psicólogos, muchos de ellos ubicados en lugares como Silicon Valley, para diseñar entornos donde las personas permanezcan cada vez más ocupadas. Series, plataformas, aplicaciones y constantes rediseños buscan capturar la atención, mantenerla fija en lo efímero y en lo insustancial, robando tiempo y debilitando la facultad crítica. Es, por supuesto, un argumento que lanzo y que puede ser relativo, pero que resulta difícil de ignorar cuando vemos cuánto de nuestra vida se diluye en las pantallas.
Hace poco hablé con un amigo —tiene nombre de arcángel— que en los diciembres corre de un lado a otro buscando los llamados “éxitos del sistema”. ¿Cómo planificar el año que viene se va convirtiendo en un problema mayúsculo?, me preguntaba él. ¿Qué debo hacer para que el tiempo rinda? Simplemente le contesté que había que bajar un poco el ritmo. Pensar en el futuro teniendo en cuenta el pasado, pero sin sacrificar el presente, especialmente a la familia, a los amigos, a las situaciones que le causan felicidad o, sin ser tan grandilocuentes, al menos alegrías y dichas. Y le explicaba cómo se está incrementando el consumo de medicación, de suplementos para la memoria, de pastillas para la tranquilidad o para conciliar el sueño. El Prozac, el diazepam y toda clase de menjurjes son los que hoy ocupan el botiquín cotidiano.
Este cansancio no es fortuito. No es un accidente. Es el sistema funcionando a pleno rendimiento. Llegan los diagnósticos, los trastornos, la atención fragmentada, el agotamiento constante.No estamos rotos: estamos exhaustos de intentar ser siempre los mejores.
Tal vez por eso el apapacho resulta hoy casi subversivo. Porque no exige, no mide, no optimiza. Porque recuerda algo esencial y olvidado: que antes de rendir, producir y cumplir necesitamos ser abrazados. Pero también, y sobre todo, abrazarnos a nosotros mismos. Un abrazo sincero, un abrazo de amor, un abrazo que nazca desde el alma.
Ahí es donde se hace necesario volver al estoicismo, en especial al del gran emperador Marco Aurelio. No como doctrina rígida, sino como una forma de vivir. Marco Aurelio tenía claro que no somos dueños de lo que ocurre, pero sí de nuestra posición frente a lo que pasa, de cómo habitamos el mundo por dentro. En sus Meditaciones no hay épica ni consuelo fácil; hay una invitación sobria a distinguir entre lo que depende de nosotros y lo que no. Vivir, para él, era un ejercicio diario de lucidez: aceptar sin resignarse, actuar sin agitarse, sostener la dignidad incluso en medio del cansancio.
Tal vez por eso hoy, en esta cultura de agotamiento y exigencias, el estoicismo no suena antiguo. Resurge como un plan de vida urgente: no para endurecernos más, sino para aprender, por fin, a vivir sin rompernos; a abrazarnos primero a nosotros mismos, para que cuando estemos bien, podamos abrazar a los demás de forma amorosa y comprometida.
