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Columna

Sin vecinos no hay destino

“Sin vecinos, no hay destino. Quien cuida la habitabilidad no solo protege a Getsemaní, sino a Cartagena, su negocio y el futuro”.

Javier Pimienta

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Cartagena vive un momento crucial. El Centro Histórico, orgullo de la ciudad y vitrina ante el mundo, se ha convertido en escenario de un turismo que crece sin pausa; pero mientras las terrazas se llenan y las plazas vibran, algo esencial se está apagando: la vida cotidiana de los barrios. Getsemaní es el ejemplo más claro, pero no el único. Cada año, menos vecinos logran permanecer. Cada año la ciudad corre el riesgo de volverse un lugar hermoso... y vacío.

A lo largo de esta serie de columnas he insistido en un punto: la habitabilidad no es un capricho ni un deseo romántico. Es la condición mínima para que Cartagena siga siendo un destino turístico competitivo, auténtico y sostenible. Cuando un barrio pierde a su gente, pierde su alma. Y un destino sin alma se convierte en un producto más, fácilmente reemplazable por cualquier ciudad con buen maquillaje.

La experiencia internacional es clara: Venecia, Barcelona, Lisboa..., todos han aprendido -a veces tarde- que el turismo de excesos destruye eso mismo que viene a buscar. El resultado es siempre el mismo: cuando la vida local se extingue, el destino se agota.

Por eso este mensaje va dirigido, con toda franqueza, al sector turístico y de la hospitalidad de Cartagena: la permanencia de los habitantes del Centro Histórico es también su responsabilidad. No es un tema ‘comunitario’, ni un asunto ajeno a la operación de un hotel, bar o restaurante. Es parte del corazón mismo de su modelo de negocio.

Porque un barrio habitado genera confianza, seguridad, cultura viva, autenticidad. Uno sin vecinos solo genera ruido, tensiones y una oferta que, en lugar de diferenciar a Cartagena, la homogeniza. Nadie viaja miles de kilómetros para conocer una escenografía. Viajan para sentir una ciudad viva.

Hoy, más que nunca, necesitamos un turismo que sepa contenerse. Que entienda que no todo lo que genera ingresos genera valor. Que una chiva convertida en discoteca ambulante tiene un costo social altísimo. Que saturar una plaza agota a quienes la habitan. Que la sostenibilidad no se mide en número de mesas vendidas, sino en la capacidad de un barrio para seguir siendo barrio.

El PES Vida de Barrio de Getsemaní ha mostrado un camino: recuperar la vocación residencial, proteger la habitabilidad, equilibrar los usos; pero ninguna norma funciona sin voluntad. El verdadero giro está en que cada negocio, cada operador turístico, cada hotel entienda que cuidar la habitabilidad es proteger su propio futuro. Que contratar gente del barrio, comprar servicios locales, regular el ruido, controlar aforos y renunciar a prácticas de alto impacto no debilita sus operaciones: las fortalece.

Nos se trata de elegir entre prosperidad turística y vida de barrio. Lo que sí debe elegir es qué tipo de turismo quiere. Una basada en extraerlo todo rápido, hasta agotar el destino. O una que entienda que la verdadera ventaja competitiva de esta ciudad está en su cultura viva, en su diversidad, en su gente.

El mensaje es simple, pero ineludible: sin vecinos, no hay destino. Quien cuida la habitabilidad no solo protege a Getsemaní; protege a Cartagena, protege su negocio y protege el futuro.

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