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Columna

Volver a lo esencial

“Deseo para Colombia un año en el que dejemos de normalizar la violencia, no solo la armada...”.

María Carolina Cárdenas Ramos

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Empieza el año 2026 y, escribiéndoles desde el Magdalena Medio, uno de los territorios más golpeados por la violencia de nuestro país, siento la imperiosa necesidad de formularles mis más profundos deseos colectivos, con miras a tener el mundo que nos merecemos. Esos que siento en mi corazón para cada uno de mis lectores y de los colombianos. Deseos que no nacen de la ingenuidad, aunque lo parezca, sino del hartazgo profundo que compartimos como país y como humanidad. Ha sido mucho el tiempo entre la violencia, la urgencia, la polarización y el ruido, olvidando lo esencial: la vida digna, el cuidado mutuo y el sentido de lo común. Deseo para Colombia un año en el que dejemos de normalizar la violencia, no solo la armada, sino también la simbólica: la que se expresa en el desprecio por el otro, en la desigualdad que se hereda, en la indiferencia frente al dolor ajeno. Sueño con que nos tomemos en serio la paz, no como discurso, sino como práctica cotidiana: en la forma en que gobernamos, debatimos, educamos y nos relacionamos. Una paz que implique justicia social, presencia real del Estado en los territorios y respeto por quienes históricamente han sido marginados. Anhelo un nuevo comienzo donde la política recupere su dimensión ética. Donde el poder no sea un fin en sí mismo, sino una herramienta para cuidar la vida. Donde el servicio público vuelva a estar guiado por la responsabilidad, la transparencia y la escucha, y no por el cálculo o la vanidad. Un país que confíe más en la participación ciudadana y que erradique la toma de decisiones a espaldas de la gente. Que comprendamos que no todo puede seguir creciendo al mismo ritmo en que venimos, que el planeta tiene límites y que ignorarlos nos está costando demasiado. Que nos replanteemos conceptos como el éxito y el progreso; así como reconfigurar nuestra comprensión de la igualdad y lograr debilitar el individualismo exacerbado que hoy se sigue imponiendo. Que la migración no se mire como amenaza, que las guerras no se justifiquen, y que preservar la naturaleza deje de ser encasillada como una causa de “hippies e indígenas” para convertirse en un deber básico de quienes habitamos la casa común. Que defender derechos deje de ser sinónimo de comunismo, izquierda u otra etiqueta que además tenga connotación peyorativa y por el contrario se entienda como la materialización de la paz. Deseo que nuestros hogares sean espacios de cuidado compartido y equitativo, donde los padres acompañen sin poseer, donde las mujeres y niños estén a salvo de todo tipo de violencia. Y no menos importante: por un 2026 donde ninguna mujer sea agredida por ser. Por un mundo en el que seamos totalmente dueñas de nosotras mismas.

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