Vivimos bajo un bombardeo de noticias incesante que plantea una pregunta desgarradora: ¿A quién creerle? En la era de la inmediatez, cada medio de comunicación parece haberse especializado en llevar las primicias a su acomodo, moldeando la realidad para servir a intereses particulares. Esta manipulación no es inofensiva; nos pone a los ciudadanos a enfrentarnos los unos a los otros, sumidos en una confusión profunda.
Lo que muchos no alcanzan a vislumbrar es que nuestras riñas verbales o enemistades no tienen solución en el espectro político tradicional. No las soluciona la democracia debilitada, ni los dictadores, ni las facciones de izquierda o de derecha. En cambio, nos mantienen en un limbo eterno, atrapados en una guerra de pronósticos y de encuestas.
Esta alteración social ha creado una polarización tan extrema que, mientras más de uno idolatra a Petro, otro más lo odia; mientras unos aplauden a Maduro, otros desean su extinción.
Estamos siendo robotizados y mecanizados a través de la tecnología. Nos persiguen hilos invisibles y no tenemos ni idea de quién está realmente detrás de esto. No se trata de un nombre en específico, sino de un sistema movido por un poder y una ambición que, día tras día, nos han ido anulando como individuos pensantes.
En este escenario, la renombrada democracia, la soberanía y el Estado de Derecho han pasado a ser simples cáscaras de huevo gigantes que fecundan a los dragones del caos. Estos seres mitológicos de la modernidad arrojan, de forma permanente, su fuego y furia sobre gente inocente, mientras el mundo, paradójicamente, empieza a unirse en defensa de los desalmados, debido a la desinformación en que nos mantienen.
Es alarmante ver cómo nos hacen consumir solo lo que les conviene. Incluso nosotros, que poseemos estándares en educación y conocimientos, caemos en la trampa y nos volvemos adictos a los medios para descifrar quiénes son los ‘buenos’ y quiénes los ‘malos’, quiénes los héroes y quiénes los villanos.
Mientras tanto, la realidad cruda nos golpea el rostro: el hambre y el desespero llevan a millones de personas a ser nómadas rebuscando comida en las basuras, durmiendo bajo techos de cartón tras haber perdido todo.
Estamos ante un asqueroso juego político de ideologías y ambiciones económicas. Debería darnos vergüenza ser contribuyentes de un sistema que nos utiliza. Por culpa de ese apasionamiento onírico y esa falta de criterio frente a la pantalla, nos dejamos arrastrar hasta cometer, con nuestro propio voto, el peor de los desastres.
Es una tragedia que venimos viviendo no solo en Colombia, sino en muchos rincones del mundo, donde la papeleta electoral se ha convertido en el instrumento de nuestra propia condena.

